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domingo, 1 de mayo de 2022

JOSELITO, 2; BELMONTE, 1

El escritor y periodista Antonio Burgos
 

Con el título de esta entrada publicó Antonio Burgos, en el ABC de Sevilla, el 8 de junio de 2021, una columna en la que planteaba la competencia entre los diestros a partir de su sevillanía, y su presencia en la imaginería de la ciudad hispalense.

Es la primera pareja que sale siempre que se enumeran, en la dual Sevilla, los enfrentamientos barrocos de lo dionisíaco y lo apolíneo: Joselito y Belmonte. José y Juan para la vieja afición. El Rey de los Toreros o el revolucionario de la Tauromaquia. Y los dos tienen monumentos en Sevilla, que son como una radiografía de la ciudad. ¿Es Sevilla más gallista que belmontista? Pregunta con difícil respuesta. A Joselito el Gallo le falta su Chaves Nogales para hacerlo un mito literario y humano, a pesar de la legendaria muerte del héroe joven en la plenitud de su arte en Talavera. A vuelapluma diría que Joselito en más popular y Belmonte, más de los buenos aficionados y de los lectores, por su amistad con los escritores e intelectuales. Joselito murió joven y como en un romance de Juanita Reina, «que por Gelves viene el río/teñío/con sangre de los Ortega». Belmonte murió ya mayor, olvidado de los grandes públicos de la Fiesta, pero respetado y querido en Sevilla, que no lo molestaba cuando lo veía cada día en Los Corales haciendo tertulia con Rafael El Gallo.
Su hermandad de la Esperanza Macarena, que lo tuvo como cirio verde y consiliario de la Junta, le ha puesto a Joselito, a Gallito, al hijo de la Señá Gabriela, al Rey de los Toreros, un monumento frente a la basílica. Escribía Jesús Bayort con mucho tino que parece que Gallito, liado en su capote de paseo, con la montera en la mano, va haciendo el paseíllo hacia su Virgen, en su debú en bronce en Sevilla. Menos mal que el monumento a José Gómez Ortega lo han plantado junto al Arco y mirando a la basílica de su Virgen, y no en su Alameda, la que puso crespones negros en los Hércules cuando lo de Talavera. Porque en la Alameda, tras la última reforma innecesaria, han agrupado todos los monumentos que había de un modo tan ridículo que parecen una colección de figuritas de Lladró en el escaparate de una tienda de Foronda.
La popularidad de José, la macarenidad de José, ha hecho que le gane a su rival Juan en cuanto a número de momumentos en Sevilla. Un día dijo Belmonte, el del disparo de la soledad en Gómez Cardeña: «José me ganó la partía en Talavera». Ahora, gracias a su hermandad, para la que es un patrimonio inmaterial, vuelve a ganarle la partía del bronce. Belmonte tiene un impresionante monumento en el Altozano de su Triana, la escultura de Venancio Blanco con ese hueco del corazón torero a través del cual se ve la Catedral y se ve la plaza de los toros de sus triunfos. José tenía hasta ahora en Sevilla el monumento histórico del mausoleo de Mariano Benlliure en el cementerio. Ahora tiene dos: el del cementerio y esta estatua junto al Arco de su Macarena, al lado de otro mito de la hermandad, el que le dio la estética con la que la conocemos: el bordador Juan Manuel Rodríguez Ojeda. Así que el marcador de monumentos en la dual Sevilla queda así: «Joselito, 2; Belmonte, 1». Aunque para mí el mejor monumento a Gallito en la Macarena son sus verdes mariquillas latiendo humanamente en el pecho de su Virgen de la Esperanza.


miércoles, 16 de febrero de 2022

JOSELITO EN LA LITERATURA

Antonio Burgos ganó en 1982 el Premio Ateneo con la obra 'Las cabañuelas de agosto', en la que relata la convulsa vida sevillana de los años veinte y primera mitad de los treinta del siglo pasado. Guido, aristócrata venido a menos de evocaciones y hechos claramente machadianos, y Paco, son dos amigos que se conocen en el colegio, llegando su historia hasta principios del conflicto civil.

Por aquel tiempo seguía muy viva la figura de Joselito y hay tres referencias puntuales en la obra. Así, en un pasaje de infancia, en el que Guido Flores habla con sus compañeros de colegio de toros, alguien le pregunta:

"- Flores,  ¿y es verdad que Joselito iba a tu casa?

-Sí, yo tengo un retrato con él, que estoy de pañales y Joselito me tiene cogido en brazos..."

Antonio Burgos evoca en otro párrafo a un célebre personaje de aquel tiempo: El Bizco Pardal, un flamenco todoterreno que cantaba y bailaba a principios del XX en el Café Nevería La Alegría. Además, contaba chistes...

"... Ahora cuéntame uno del Bizco Pardal...

-Pues iba el Bizco Pardal con Joselito el Gallo..."

Y por fin, evocando las tabernas de entonces, refiere:

"... no olvida Paco Fuentes aún aquel olor de amoniaco, de serrín, de vino del Aljarafe, el borracho que siempre se le acercaba cuando, abrochándose la portañuela, buscaba la calle entre los almanaques de anís y los cuadros de las mesas redondas con lejanas temporadas de Joselito el Gallo...".

miércoles, 11 de diciembre de 2013

SILENCIO POR UN TORERO (II)

Antonio Burgos, autor del artículo
El compositor Rafael de León
El escritor Antonio Burgos publicó el pasado 23 de septiembre en su sección de ABC el artículo titulado De El Toruño a Talavera en el que aclara cómo se gestó realmente Silencio por un torero y cómo pasó de estar dedicada al caballero rejoneador Salvador Guardiola a glosar la desaparición de El Rey de los toreros.  


  El diestro Salvador Távora Triano, que había comenzado como aficionado con el gaditano José Manteca y con el camero Curro Romero, mató su último toro el 21 de mayo de 1960 en Palma de Mallorca. Se llamaba "Farruco". Era del hierro de Manuel Muñoz. Minutos antes, ese toro, al recibir el rejón de muerte, había descabalgado al caballero en plaza don Salvador Guardiola Domínguez, quien al caer de su jaca "Calé" se rompió la base del cráneo. Abría plaza en el cartel con Luis Segura, José Julio y Joselito Clavel. Guardiola era el primer rejoneador muerto en una plaza. De una familia marcada por el sino de la tragedia, con un hermano asesinado al impedir que unos pistoleros atracaran a su padre y con otra hermana chica muerta abrasada en un fuego en El Pinganillo, era todo un caballero, un gran señor del campo andaluz y el toro bravo. Al modo de don Álvaro Domecq, había cogido el caballo y los rejones para destinar el dinero de sus actuaciones a obras benéficas: a las Hermanas de la Cruz de Utrera. Empezó a torear en 1956 y llevaba a Salvador Távora como sobresaliente de espadas. Y le toco a Távora la dura y amarga prueba de tener que estoquear al toro que acababa de descabalgar mortalmente a su caballero.
Salvador Távora personaje de esta historia

 De luces o en los teatros, Távora fue siempre un artista. De aquella tarde escribió un impresionante poema de arte mayor: "El último rejón". Y se cortó la coleta para guardarle el luto a Salvador. Y como cantaba divinamente, con Manolo Sanlúcar y Paco el Taranto formó "Los Tarantos", a los que contrató Juanita Reina para su espectáculo. Conoció así Távora a Rafael de León, que con Quiroga le estaba escribiendo a Juanita el nuevo espectáculo. Y le leyó Salvador a Rafael su poema. Fue entonces cuando al genial letrista se le ocurrió dedicar una canción a la muerte de Guardiola para la función "Olé con óle", cuyo estreno preparaban. Rafael, tan sobrado, escribió una copla, "Silencio por un caballero", a la que Quiroga puso música. Empezaba: "Aquella tarde Sevilla/se puso toda amarilla..."

A Távora la copla le impresionó. Y se la llevaron a doña María Luis Domínguez y Pérez de Vargas, la matriarca de la Casa Guardiola, para pedirle su venia. No le gustó nada la idea. No quiso que la muerte de su hijo anduviese en coplas por teatros y radios de cretona. Y fue entonces cuando, en menos de horas veinticuatro, a Rafael de León se le ocurrió una de sus genialidades: para aprovechar el cuplé, cambiarlo de destinatario con sólo tres retoques magistrales. El "Silencio por un caballero" se convirtió así en "Silencio por un torero", siendo ese torero el muy macareno, como Juanita, José Gómez Ortega.

Salvador Guardiola Domínguez
Joselito
Y donde Rafael de León había escrito "Silencio el patio y la fuente/que está de cuerpo presente/un señor y un caballero", puso: "Que está de cuerpo presente/el mejor de los toreros". Y donde: "Parece que está dormío, Dios mío,/con un rejón en la mano/y el Guadalquivir, su río, teñío,/con sangre de toros bravos"... Puso: "Parece que está dormío, Dios mío,/en su capote de brega,/y por Gelves viene el río, teñío,/con sangre de los Ortega". El final era: "Y Sevilla, enloquecía,/repetía a todas horas/que un toro mató en el ruedo,/que un toro mató en el ruedo/a Salvador Guardiola." Y ya saben cómo quedó: "Y Sevilla, enloquecía,/ repetìa a voz en grito:/pá qué quiero mi alegría,/ pá que quiero mi alegría/si se ha muerto Joselito".

Grandeza de la Fiesta, de la canción, de un poeta... Grandeza del artista que lo inspiró al leerle sus versos de "El último rejón". La magia de la poesía había transformado a Palma en Talavera, y llevado la muerte a punta de capote desde El Toruño a la Huerta del Lavadero. No sabía Doña María Luisa Domínguez en la vieja casa del Conde de Aguiar en la Puerta Jerez, la de la paleta de pintor en su reloj de sol, que gracias a su negativa de luto, las radios de cretona iban a cantar una de las más hermosas coplas toreras. El 11 de octubre de 1962, en Málaga, cuando Juanita Reina estrenó "Silencio por un torero", el Teatro Cervantes se venía abajo.