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domingo, 3 de mayo de 2020

RAFAEL Y FELIPE SASSONE EN LA BARCELONETA

Felipe Sassone, peruano de nacimiento, encarna la definición de persona polifacética. Cultivó todos los géneros literarios y fue colaborador del periódico ABC desde 1922. Intentó ser cantante de ópera en Italia, vivió la mejor época de la bohemia parisina, y llegó a ser novillero cuando tenía 12 años con el seudónimo de ‘El Nene’. Ejerció la crítica taurina.
En su libro Casta de toreros (Madrid, ed. Pueyo, 1934), cuenta la siguiente anécdota protagonizada por él mismo, Rafael y Gaona en la plaza de la Barceloneta en 1920.

Volví pronto a España. Todavía el año de 1920, en Barcelona, por complacer a Eduardo Blasco y a Luis Castillo, empresarios a la sazón de la Barceloneta, salí en aquella plaza a matar un becerrote. Era más bien un toro enano regordío, que permaneció largo tiempo en los corrales. Alguien me aseguró que el hijo del gobernador civil le toreara algunas veces. Yo no lo creí; pero el becerrote me demostró que era cierto. Si no el hijo del gobernador, por lo menos un guardia municipal le había toreado. El bicho sabía latín, y de tal suerte adivinó mi miedo—¡yo lo tenía espantoso!—que se iba derechito a los burladeros, seguro de que nos encontraríamos allí. Entre Gaona, Rafael el Gallo y Chicuelo — vaya una terna de peones—no consiguieron, tras mucho pasarse, ponerle dos banderillas de una vez. Cuando empuñé estoque y muleta me dijo Gaona:

—No intentes torearle; mátale pronto y como puedas. Tú ya no estás puesto y el torete es de mucho sentido.

Lívido, encorvado, bailarín, le enseñé varias veces desde lejos el pico de la muleta. Rafael, prevenido a la salida de cada pase, intentaba volvérmele. El toro nos perseguía a los dos hacia las tablas.

—¡No puedo con él!—dije desalentado en medio de una silba atroz.

Rafael insistió:

—Si torea usted bien; si sabe usted torear; es que no se decide. ¡Como haga usted coraje!...



 Y lo hice; pero sólo para entrarle a matar, derecho, a la desesperada. No sé cómo salí del embroque. La estocada quedó arriba y entera; pero el becerrote se fue a las tablas, a que lo descabellara, y el viejo pavor de mi recuerdo se sumó a mi miedo del momento. Rafael el Gallo tuvo que apuntillarlo de pie. Para suprema ironía, una presidencia de señoritas, que se había reído de mí, me otorgó la oreja. Debieran haberme cortado las mías.

miércoles, 17 de abril de 2019

UN GALLISTA ATÍPICO

En 1915 se publicó el libro Canalladas. Escritores, políticos y toreros (Colección ‘Biblioteca España Trágica’, Madrid, Imprenta de Juan Pueyo). El autor, Juan Brasa, periodista gallego, corresponsal en América, bohemio, ácrata y fascista a partes iguales, al que Felipe Sassone definió con las siguientes palabras:
Juan Brasa es joven, valiente es ágil, está alegre, ama, come todos los días y duerme como el justo y se disfraza de enfant terrible para que no se lo coman por los pies. Moreno como un andaluz a quien el Madrid jaranero y noctámbulo se le ha metido en el alma..
En sus libros no pierde la oportunidad de decir lo que siente en frases tan definitivas como estas :

'Por encima del arte, del amor y de la muerte esta España'.
' Hablo alto y me río fuerte porque me da la gana'.
'Yo me paso por el sobaco los convencionalismos '. 
' Soy periodista y español'.

En el libro citado, le dedica estas palabras a Rafael:

Rafael el Gallo es el torero que mejor ha entendido al público.
Ni es valiente, ni inerte, ni reúne las demás condiciones que señalan los aficionados á todo el que pretende dedicarse á la tauromaquia.
Además, en la plaza hace cuanto se le antoja, se arrima al toro cuando le da la gana y es inventor de las ya clásicas "espantás".
Bueno; pues este torero es indispensable, es el que tiene más alucinadores fanáticos, y encima los críticos le llaman Rafael el Divino. .
Cualquier día que me levante de buen humor me declaro "gallista".
El Gallo debe de tener un talento enorme. Se ha dado cuenta de la situación.
Para semejantes aficionados chirigoteros, ningún diestro—habrá dicho el calvo —más á propósito que yo.
Y, efectivamente, haciendo precisamente todo lo contrario que los que los "cánones " mandan, sin valor, sin facultades y hasta sin pelo, este hombre admirable se hará rico.

Domina al público y á los toros. |Por algo es el Divinol

domingo, 25 de agosto de 2013

ARTÍCULO DE FELIPE SASSONE SOBRE LA CASA DE JOSELITO EN MADRID

Felipe Sassone
El periódico ABC publicó el 8 de diciembre de 1.927 el artículo Se casa mi vecino firmado por Felipe Sassone. En él hace referencia a la casa que habitó Joselito en la calle Arrieta 12 de Madrid.





“Por estas escaleras del número 12 de la calle de Arrieta, donde se esparce mi tedio de vivir, va para nueve años que suben y bajan, alegrándola, los trajes recamados de los toreros. Cuando descienden, su presencia anacrónica y simpática, finge la salida de un baile de disfraz; el portero de librea saluda, ceremonioso, a las máscaras pálidas, que van en automóvil, camino de la plaza, hacia una danza mucho más trágica que un sarao. Cuando ascienden, en el estrecho recinto del ascensor, coloreados y brillantes, al través de los cristales biselados, que evocan la gigantesca lámpara de una iglesia, pienso en una fiesta religiosa, en El misterio de Elche, por ejemplo, con su izar de santos y de ángeles, al son de una música antigua y sagrada por cuya integridad armoniosa y melódica veló la cultura férvida de Óscar Esplá.
Calle Arrieta, 12 de Madrid.
(Foto: http://festivalesdespa.blogspot.com.es)

Hasta hace siete años, era Joselito, el Gallo, el maestro incomparable, quien subía  a buscar el reposo para la fatiga de su taurómaca sabiduría. Un día llegó en una camilla con el dolor en la carne y la sonrisa en los labios; otro, subió por su pie, malhumorado y cejijunto, porque, en una hora de exaltación rencorosa, su público de Madrid se había olvidado de quién era, y tres días después fue subido en un féretro, que arrastraba una cauda humana y quejumbrosa de lamentaciones y de llantos. 

En el amplio salón que hace esquina a la calle de San Quintín, abierto sobre la plaza de la Encarnación, ante el jardinillo recortado y simétrico, la fuente monorrítmica y los tres arcos, graciosos y negros, de la iglesia antigua, mirando a los fondos velazqueños y goyescos de la Moncloa, del Parto y del Campo del Moro, estuvo expuesta la capilla del lidiador inolvidable, y las danzarinas más famosas, las tonadilleras de más renombre, las que habían imitado en los tablados, al son de una música alegre, las actitudes estatuarias de su toreo y habían llevado a la plaza de toros, en su honor, el atavío castizo de la mantilla, como un palio sobre la peina historiada, y habían arrojado como beses de su boca, rojos claveles a la arena amarilla, formaron un rosario de dolor en torno al féretro y fueron un coro de lindas plañideras. Joselito, cadáver había vuelto a sonreír, en la serenidad de su último sueño, con aquella misma sonrisa melancólica que ha inmovilizado en el mármol de su monumento funerario el cincel de Mariano Benlliure. Desbordándose hasta la plaza de Oriente, hasta las inmediaciones del teatro Real, entre los ajetreados guardias a caballo, una multitud, compacta y ondulante, despedía al ídolo popular, en el mismo sitio y con la misma pena renovada con que hace treinta y siete años dijo adiós a ese ruiseñor humano que se llamaba Julián Gayarre.

Joselíto
La casa de la calle de Arrieta se quedó desolada unos años, sobre los mármoles blancos de la escalera se cernía una sombra dee nostalgia, hasta que un lidiador joven, milagro de torero rubio, vino a habitarla, buscando acaso, para su suerte y su fama, la influencia de ultratumba del maestro glorioso. El aura popular rodeó también en su día al torerito joven, que se llamaba Antonio Márquez, en quien la afición madrileña puso sus esperanzas. Y éstas florecieron realidad en la elegancia reposada y cadenciosa de su toreo de capa y de muleta, que era como una bella teoría de enlaces. De repente el torero pareció olvidarse de si mismo: unos creían que había perdido el sitio, y otros, la afición. En la dejadez exquisita de su media verónica, en lugar de la gracia de otro tiempo, sólo ponía el joven maestro desgana y desdén. No era miedo era descuido del toro y del toreo; el artista, en verdad, llegaba a la plaza como un autómata vestido de oro, con el alma ausente. Antonio Márquez estaba enamorado, y no se acordaba ni de su arte, ni del público, ni de la muerte. Vivía en ese estado moroboso en que, según Pablo Bourget, quedan abolidos en nosotros, en nuestro pensamiento, en nuestro corazón y ennuestros sentidos, ambición, deber, pasado, porvenir, costumbres y necesidades ante la idea única de ser otro ser. La gloria, para Antonio, tenía ya nombre de mujer, y, en efecto, Ignacia Gloria se llamaba la morita que de tierras cubanas vino de la mano del destino, trayendo en los ojos la lumbre de un sol más ardiente y más nuevo para encender en el alma del torero un buen fuego de amor. Si en la morada para su cuerpo siguió Márquez el ejemplo de Joselito el Mago, en la morada para su alma siguió las huellas de Belmonte, el trágico, casado con una limeña, y, Colón de sus propios sentimientos, descubrió en tierras de América su felicidad. Sólo cuando toreaba con el ídolo de Triana, vencido de amor propio ante la ejemplaridad del fenómeno, buscaba Márquez en si mismo lo que no se le había perdido, y tornaba a ser el torero que fue cuando tenía libre el alma.
Antonio Márquez

Joselito saliló de esta casa para la muerte; Antonio Márquez sale para el matrimonio. Da lo mismo. Y no es que piense el cronista en la terible verdad del verso leopardiano. Es que la boda significa el regalo de la juventud. Se ha de acabar a la fuerza el interés de las mocitas por el Don Juan de taleguilla bordada; aquellas mantillas y aquellos claveles, las mismas que se prendieron para José, los mismos que se abrieron para José, ya no pueden prenderse ni abrirse para Antonio; las cartitas perfumadas que llegaban como palomas, después de la corrida, no podrán volar ya, ni a esta casa ni a ninguna otra; pero el matrimonio nos devolverá al torero; conseguido el objetivo de la vida, aún sobra más vida, y hay que volver a vivir. Lista la confortable tibieza del nido, seguro el amor, el novio que va a ser marido, torna a pensar en si mismo, y ajsuta y firma, con aficionada codicia las corridas de la temproada venidera. De ellas habreá de volver el diestro a su casa seguido por un cortejo de aplausos, para que Ignacia Gloria, que le amó torero y torero ha de conservarlo, no se avergüence nunca de haberle puesto en las manos otra vez la muleta y el estique, que son el pan de los hijos probables.

Esta casa de la calle de Arrieta se vuelve a quedar triste, con su sombra de nostalgia cernida sobre las blancas escaleras de mármol. Antonio Márquez, mi vecino que se casa, sale de ella, en su salida postrera, con su indumento flamante de señorito: el torero rubio va a parecer un gentleman ataviado por un sastre de Londres; lucirá una chistera de ocho reflejos, que no sirve para brindar; un chaquet cuyas colas le afearían la actitud estatuaria del pase natural; unos guantes amarillos, con los cuales no puede poner sus incomparables banderillas; saldrá con un miedo desconocido, que no sintió nunca igual cuando iba vestido de luces, y se arrodillará, no para adornarse, como a la salida de un quite, sino para que un cura le lance a las barbas rasuradas la Epístola de San Pablo. Más tarde, toda la vida, Ignacia Gloria, en paréntesis de zozobra para su felicidad, se arrodillará muchas veces, llenos de lágrimas los negros ojos y de temblores la voz, como ante un espejo, ante una Virgen, morena como ella, a pedirle por la salud y por el triunfo del gran torero que nos devuelve".

jueves, 11 de octubre de 2012

¿POR QUÉ LA GRACIA TOREADORA?

RAFAEL ALBERTI

La Gracia Toreadora no es un título original, ¿para qué habiendo versos insuperables? Forma parte de un poema, Joselito en su gloria, escrito por Rafael Alberti (El Puerto de Santa María, 1902-1999) en mayo de 1927 en Sevilla. La composición tiene una historia curiosa. Sánchez Mejías montó en la ciudad hispalense un homenaje al que fue su cuñado e invitó a un grupo de escritores e intelectuales, entre ellos al joven Alberti. En esa época se cumplía el tricentenario de la muerte de Luis de Góngora, al que los nuevos poetas españoles admiraban. Cuenta Rafael en La arboleda perdida, su libro de memorias: “Poco antes de la fecha del centenario, me llamó a Sevilla. Se celebraba el séptimo aniversario de la trágica muerte de Joselito. Del tren, me trasladó a un cuarto del Hotel Magdalena, encerrándome con llave, mientras me advertía: No comerás ni beberás hasta que escribas un poema dedicado a José. La Velada en su honor es esta misma noche. En el Teatro Cervantes. Unas horas más tarde recuperaba yo mi libertad, leyéndole a Ignacio “Joselito en su gloria”, cuartetas muy sencillas que repetí en la fiesta, entre los oles y ovaciones de un frenético público compuesto de gitanos y gentes de la torería devotas del espada...”.

El escritor peruano Felipe Sassone (Lima, 1884 - Madrid, 1959) fue testigo directo de la velada y en  el periódico ABC publicado el martes 24 de mayo del mismo año firmó el siguiente artículo. Sin citar el título, califica el poema como “unas redondillas preciosas, modernas por la sensibilidad y clásicas por la medida, llenas de gracia infantil y doliente”:



LITERATOS Y TOREROS

FELIPE SASSONE
He sido por unas horas huésped accidental y agradecido de Sevilla, bajo sus aromas de Mayo, claveles y jazmineros, y un lejano regusto a sal marina y un tibio frescor paradójico en las morenas aguas del río. Sin el místico dolor musical de la semana de Pasión, sin el abigarramiento extranjerizante de la feria, la ciudad se ha mostrado a mis ojos con toda su gracia quieta y melancólica, eternamente joven, como si no sintiera el peso de sus capas históricas; pero muy moderna y muy antigua, sin olvidar el pasado, que fue ayer su nobleza y es hoy su prestigio en el verdadero sentido mágico de la palabra. El arquitecto Aníbal González, su novio de ahora, otra vez su novio, la va engalanando, la va erizando de torres esbeltas y airosas, y es que Aníbal González fue quien, acaso en una pretérita encarnación, trazó los planos de la moruna Giralda madre de torres, como un dedo levantado, como el índice de la ciudad que se irguiera, diciendo: “¡La primera soy yo!”

Llegué a Sevilla a honrar la memoria de Joselito el torero, en una velada necrológica, más bien fiesta dionisíaca, como los fúnebres banquetes latinos, metido en un haz de amigos apretados en torno de Ignacio Sánchez Mejía (sic), en cuyo pecho ardía la memoria fraterna como una lámpara votiva. Un discurso claro, sencillo, sentido y veraz, como recuerdo, como admonición y como crítica, del presidente del Club Joselito, que organizaba la fiesta, una sabia y originalísima disertación de José María Cossío, que recopilaba en sabroso comentario todo un florilegio de prosas y de versos; un soneto escultórico de Cortines Murube; unas redondillas preciosas, modernas por la sensibilidad y clásicas por la medida, llenas de gracia infantil y doliente, de Rafael Alberti; una composición españolísima de José del Río, que leyó el ilustre actor Francisco Fuentes; un primoroso romance –“desde entonces tienen sangre los jarros de Talavera”-, de Adriano del Valle, y una oración elocuente y conmovida, del letrado Blasco Garzón, dijeron al público sevillano, que se apiñaba en el teatro Cervantes, la gloria de su torero, que había muerto joven como el amado de los dioses. Y el público asintió en que José Gómez Ortega fue el torero por antonomasia; torero ab ovo, por tradición y por devoción; por influjo de su estirpe y por impulso de su deseo. Torero y sevillano por dentro y por fuera, en el campo y en el ruedo en la vida y en el oficio; torero en la carne de su espíritu y en el indumento que vestía su carne; torero que unía a la pujanza física el conocimiento intelectivo, por recuerdo inconsciente y por sueño alucinado; que era la inteligencia que prepara y dispone, y la destreza, que ejecuta y que cumple, y que, en épocas de casualidades y de destellos pasajeros, fue el acierto constante, el dominio y la gracia, la seguridad y el ritmo, y era más que el milagro porque era la sabiduría.
La fiesta tuvo un epílogo brillante en el Club donde acudieron, invitados de honor, D. Torcuato Luca de Tena y D. José Cruz Conde, gobernador de Sevilla. Don Alberto Pazos saludó como “al primer sevillano”, así dijo, al director de ABC, brindando en su honor la idea de recoger en un álbum las firmas que le testimonian la admiración y la gratitud de sus coterráneos, y en honor del gobernador de Sevilla, cordobés por sangre y cuna, Rafael Alberti recitó dos sonetos de Góngora y la Tercera soledad, que no escribió el precursor de nuestra lírica, debida a su pluma nueva, fiel a la gramática gongorina y primorosa de factura y de intención. Así, en un Círculo de aficionados a toros, celebrábase, como un anticipo del tercer centenario de Góngora, bajo el retrato de Joselito, el sevillano que en su arte era –según el grave decir de un gitano- Séneca y Guerrita.
Caía la noche y corría el oro de la manzanilla, que da sabor a vino al mar de la playa sanluqueña; salían raudales de llanto de la guitarra arábigoespañola del Niño de Huelva, y Tomás Pavón decía, mitad responso y querella, el madrigal grave y triste de la seguidilla gitana. Como en un suplicio, como en un castigo, porfiaba el cantaor, exacerbado el sentimiento, por no respirar, porque la voz no se quehara en la congoja y el tocaor pegaba amoroso el oído a los pulmones de la guitarra, para oirla latir, y lloraba a su vez con ella: las lágrimas, al caer, eran sonidos sobre las cuerdas. Con las notas saltarinas de un fandanguillo partió el aire una copla que Rafael Sánchez Mazas compuso en la ocasión:

“Cuatro blandones había
y cuatro banderilleros
llorando en la enfermería
por la flor de los toreros”

Y Malena, la gitana, bailaba ritualmente, religiosamente, una danza que era a la par evocación y conjuro.
A la mañana siguiente fui a visitar la tumba del héroe popular. Allí estaba el monumento de Mariano Benlliure: el féretro a hombros de unos hombres del pueblo, rodeado de mozas plañideras, y la Virgen de la Esperanza presidiendo el cortejo; pero el dolor se había inmovilizado en el bronce, y la fúnebre comitiva no avanzaba. A Joselito no hay quien lo entierre. Allí está, dormido, suelta la noble y serena palidez del rostro infantil, al azul incomparable del cielo sevillano, infinito como la ciudad.



Joselito en su gloria aparece posteriormente en el libro de poemas El alba del alhelí. Son redondillas, estrofas de cuatro versos octosílabos con rima consonante (abba). Alberti  se las dedica a Ignacio:


Llora, Giraldilla mora,
lágrimas en tu pañuelo.
mira cómo sube al cielo
la gracia toreadora.

Niño de amaranto y oro,
cómo llora tu cuadrilla
y cómo llora Sevilla,
despidiéndote del toro.

Tu río, de tanta pena,
deshoja sus olivares
y riega los azahares
de su frente, por la arena.

Dile adiós, torero mío,
dile adiós a mis veleros
y adiós a mis marineros
que ya no quiero ser río.

Cuatro ángeles bajaban
y, abriendo surcos de flores,
al rey de los matadores
en hombros se lo llevaban.

Virgen de la Macarena,
mírame tú, cómo vengo,
tan sin sangre, que ya tengo
blanca mi color morena.

Ciérrame con tus collares
lo cóncavo de esta herida,
¡Que se me escapa la vida
por entre los alamares!

¡Virgen del Amor, clavada,
igual que un toro, en el seno!
pon a tu espadita bueno
y dale otra vez su espada.

Que pueda, Virgen, que pueda
volver con sangre a Sevilla
y al frente de mi cuadrilla
lucirme por la Alameda. 


La composición se centra en el entierro de José en Sevilla e identifica un símbolo tan inequívocamente hispalense como es la Giralda con todo el pueblo que llora la pérdida del diestro. Éste irrumpe de manera inesperada en el discurso para invocar a la Macarena, a la que tanta devoción tenía. Se le escapa la sangre, la vida y pide que se las devuelva para volver a pasear por un lugar tan familiar como la Alameda, espacio fronterizo entre el ser y el no ser en cuyas inmediaciones tenía su residencia y por el que transcurrió su entierro.

GABRIELA ORTEGA.
 Gabriela Ortega Gómez (Sevilla, 1915-Aznalcóllar (Sevilla), 1995) aportó una versión recitada. Era sobrina de Joselito, hija de su hermana Gabriela y de Enrique Ortega Ferández El Cuco, banderillero del mismo José.



LA CANTAUTORA ROSA LEÓN.




Joselito en su gloria también se convirtió en canción. Rosa León (Madrid, 1951) versionó el poema en su disco de 1989 Paloma desesperada, en el que comparte protagonismo con el mismo Rafael Alberti, quien recita algunos textos suyos.

PORTADA DE PALOMA DESESPERADA.








LETRA DE LA CANCIÓN.