dimecres, 10 d’octubre de 2018

'LA OREJA DE SEVILLA' POR DON MODESTO

El diario El Liberal publica el 2 de octubre de 1915 el siguiente artículo de Don Modesto en el que expresa su opinión sobre la oreja concedida a Joselito en La Maestranza días antes, primera aurícula que vio cortar la afición sevillana.
Mundo Gráfico recogió instantes de la faena.



Joselito, ese enorme torero de los veinte años, que en la temporada próxima a concluir ha hecho lo que jamás hizo torero alguno, acaba de conseguir el mayor galardón a que puede aspirar un lidiador de reses bravas. En la corrida del jueves, que estoqueó seis toros de Santa Coloma, consiguió la oreja del quinto por unánime aclamación da la muchedumbre.

En Sevilla no se daban orejas. Los sevillanos tenían a gala el que en aquel ruedo nadie se había hecho acreedor a tan codiciada prenda, porque había de ser a una faena extraordinaria, enorme, casi sobrenatural la que rompiera el hielo, y esta faena nadie, ni Lagartijo, ni Frascuelo, ni Fuentes, ni Mazzantini. ni Guerrita, ni los Bombas, ni los Gallos, ni el Espartero, ni Belmonte, nadie, en fin, había logrado realizarla.

Cuando en Madrid se concedió la primera oreja a Vicente Pastor, los sevillanos acrecentaron su intransigencia, mostrándose irreductibles.

—-En Madrid, sí ; pero en Sevilla, nada - dijeron.

Y en aquella Plaza nadie se tomaba la molestia de pedir la oreja para ningún diestro, pues sabía que eran tiempo y saliva perdidos.

Gaona, no hace muchos años, mató un toro en Sevilla de una manera asombrosa. Rafael Gallo hizo en aquel ruedo faenas realmente estupendas. Belmonte este mismo año, en la feria de Abril, estoqueó un toro grande de Miura admirablemente. Ni para Gaona, ni para Gallo, ni para Belmonte, vio nadie demandar la concesión de la oreja del difunto cornúpeto.

—En Madrid se dan orejas a granel— decían loa sevillanos.—Aquí, ni una. ¡ Nosotros, somos nosotros!

Pero llega Joselito, ese torero que 11eva dentro dos o tres Guerritas empalmados, como tuvo el honor de decir no hace mucho tiempo esto modesto cronista taurino, y ante ese mozo de veinte, años ceden las férreas voluntades, los obstáculos tradicionales caen como castillo do naipes al soplo del viento, se ablandan los corazones de granito, las hoscas intransigencias se truecan en gelatinosas complacencias, y al clamoreo de millares de voces que rugen de entusiasmo, se corta en la Plaza de Sevilla la primera oreja para Joselito.

Hubo un momento, un solo momento, en que joselistas, gallistas v belmontistas se fundieron en un alarido de alegría. El presidente vaciló unos instantes; pero la petición era unánime y agitó el pañuelo blanco rompiendo la tradición que tanto enorgullecía a la afición sevillana. Se cortó el apéndice, que fue entregado al lidiador más grande que han visto los nacidos.

Pasados los primeros entusiasmos la meditación hizo su camino, v dos horas después comenzaron a formarse densos nubarrones de protesta, que aún no han descargado pero que descargarán  seguramente. De la oreja de Joselito en Sevilla se va a hablar más, mucho más, que del impuesto de inquilinato y tanto como de la guerra europea.

Que si los toros eran chicos, que si solo pesaron veinte arrobas, que- si el quinto fue un bizcocho de soletilla, que si la faena adoleció de éste o del otro defecto, de que si la estocada fue alta, baja, derecha ó torcida; de que si el presidente está tachado de. parcial por eu exagerado gallismo;
de que si hubo o no hubo... En fin, señores, un verdadero laberinto de razonamientos —más o menos razonables—que enmarañarán la cuestión hasta convertirla en verdadero solemne y reverendísimo ciempiés.

Yo no he visto la faena. Aún no he leído lo que de ella hayan podido decir el reputado «Don Criterio» y otros notables críticos de la Prensa sevillana, y, sin embargo, afirmo que me parece muy bien la concesión de la oreja.

Yo voy a suponer que la faena no ha sido tan grande como decían loa corresponsales telegráficos. Supongo también que Gallo, Belmonte, Gaona, Pastor, las han hecho de mayor mérito; pero ¿qué lidiador, más que Joselito, puede vanagloriarse de haber toreado, de triunfo, noventa corridas—y aún queda el rabo por desollar—en una temporada sin haber sufrido ni el más leve rasguño?  ¿Es que una tan enorme labor no significa nada en el haber de un torero?

Yo quiero creer que la afición sevillana ha otorgado a Joselito la primera oreja no por sus faenas del jueves, sino por sus faenas de la temporada. Un premio grande, extraordinario, fuera de abono, para la inmensa labor de un torero que a los veinte años ha hecho lo que no hizo nadie con muchos de toreo.

Y no importa que el toro de Santa Coloma pesara veinte o veintidós arrobas, ni que fuese un bizcocho, ni que la estocada estuviese en la cruz ó ligeramente desprendida.

El día anterior, oon toros de Miura, tuvo Joselito. en la misma plaza de Sevilla una tarde de primer orden.

Véase lo que dice Don Criterio respecto de ella: «Los toros no se prestaban a que se les pudiera sacar el trapo por el rabo en todos los pases, y para sacar el mayor partido posible se metió materialmente dentro de ellos, con una valentía verdaderamente extraordinaria y un dominio más extraordinario todavía, haciendo con ambos cornúpetos lo que le dio la real gana. Se arrodilló repetidas veces, cogió los pitones, se lió á bofetadas con e1 segundo y a los dos los convirtió en verdaderas babosas a fuerza de arrimarse y consentirlos, apoderándose de ellos en los primeros muletazos. Hubo en ambas faenas derroches de valentía, inteligencia y un completo dominio de la suerte. 

Más valentía, más conocimientos y más dominio, imposible. ¡Qué torero más grande y más largo! ¡Un asombro!".

No se arrepienta de lo hecho el público sevillano. Ha roto la tradición y bien rota está, pues a un lidiador de tan extraordinario mérito, solo se le podía premiar con algo extraordinario.

Y este algo ha sido la primera oreja en Sevilla.

¡A tal señor, tal honor!

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