dimecres, 1 d’octubre de 2014

GERARDO DIEGO ESCRIBE SOBRE RAFAEL

Gerardo Diego en la plaza.
Javier Vellón envía el siguiente texto para su publicación.

Gerardo Diego, el autor de la Generación del 27 que más sabía del mundo del toro, escribió el siguiente texto tras la muerte de Rafael. Se publicó en el diario ABC el viernes 27 de mayo de 1960.



RAFAEL GÓMEZ “GALLITO”

Lo que Rafael Gómez “Gallito” ha representado en el mundo del toreo senténcialo los doctores sumos de la fiesta. Lo que ha significado en la vocación artística y en la vida ilusionada de la mocedad de cierto indocto aficionado, solo yo lo sé. Sería yo el más ingrato de los españoles si no tributase al gran Rafael en esta hora de la única auténtica despedida mi emocionado homenaje.

 ¡Cuánto me hizo gozar y qué asombrosos descubrimientos a esa edad de la pubertad en la que el niño va a transformarse maravillosamente en hombre!; le reconozco y le debo, a los catorce años, a los quince, empezar a ir a los toros con la previa corazonada de que mi torero favorito iba a ser él, el entonces -1911-1912- “Gallito”, y resultar en efecto que sí, que el torerillo de alameda, de prado y de salón con techo de celo, intuía, comulgaba el toreo en su esencia más genuina de maestría y de gracia, y descubría toda la hondura de una España apenas presentida también por entonces, por la otra vida de la música popular o refinadamente culta.

Aquellos años y dos o tres más hacia atrás y más hacia delante fueron los de la plenitud del toreo de Rafael. Pero ya en los últimos, la alternativa de “Gallito Chico”, en seguida Joselito,  obligó por contraste diferencial, a la afición a llamar al hermano mayor “El Gallo”.

Joselito y Belmonte ya emparejados con su superior moral ante el toro y su voluntad de triunfo constante ante los públicos, dejaron en aparente segundo término al torero artista y desigualísimo, al capaz de los mayores descalabros y de las más imprevistas resurrecciones. Pero yo no sé torero más sabio, ni más largo, ni de estilo más puro, ni de arte más intenso en su torero.

Entierro de Rafael.
En Rafael se fundían las más puras esencias andaluzas y gitanas. Esto es lo que daba tan inconfundible personalidad a su arte. Hemos visto después y aun antes –yo todavía alcancé a Fuentes y a Ricardo Torres ‘Bombita’-, toreros sevillanos con toda la limpia sal de la tradición cristiana, árabe, romana y prerromana de la Andalucía Baja, que todos esos siglos hay que suponer y decantar, para llegar al prodigio de una media verónica de Antonio Fuentes o de unos naturales de Pepe Luis. Hemos admirado también del otro lado a los toreros gitanos, a ‘Gitanillo de Triana’, a ‘Cagancho’, fastuosos y deslumbrantes en su principesca indolencia, difundiendo de los pliegues de sus telas las más borrachas esencias. Absolutamente sin par, el fenómeno aún inanalizable del toreo de Belmonte, ahondaba por otra Andalucía, irreductible a teoría alguna. Y Joselito nos ofrecía su cuarterón u ochavo de gitanería, que especiaba moderadamente su magistral cocina de clásico eterno. Pero Rafael Gómez “Gallito” era otra cosa. Mitad y mitad clásico, sevillano nacido por azar en Madrid, y gitano clásico, elástico y ‘fauve’; mejor dicho, no mitad y mitad, que eso se comprendería bien, sino totalmente, lo uno y lo otro fundidos en un solo cuerpo y en una sola inspiración de gracia. Su majestad al iniciar las faenas con el toreo por alto era la misma elegancia. Ni la menor concesión al peligroso narcisismo o al barroquismo de tensión curva o arabesco. Ni por supuesto, el rígido envaramiento de otros maestros, por lo demás insignes.
Le recordamos dando –dos veces se la vimos- la larga cordobesa, que en él guardaba todo el clásico decoro romano, pero con una punta del salero que no atentaba a la suprema dignidad del lance. Y en sus verónicas, incorrectas casi siempre (según el concepto actual), por bailarlas, qué gracia incomparable para mover los brazos, solo igualada después por Chicuelo, si bien este último con un codilleo y remanguilleo en el que nunca incurría Rafael.

Gerardo Diego.
La gitanería se le conocía, sobre todo, en el tercio de banderillas. Su par al quiebro era de una nobleza y de una pureza magistral, pero su ir al toro en los pares de frente o en zigzag, con las manos al trapecio y, sobre todo,  sus precauciones jugando en un improvisado y saladísimo ‘ballet’ que no han igualado los más grandes ‘bailaores’ y ‘bailaoras’, era un espectáculo increíble que tuve la suerte de presenciar varias veces. Pasmaba entonces la alianza sencillísima del dominio del maestro, del valor del que jugaba al filo de los terrenos y de los vórtices, y de la intuición genial para acordarse con el toro en el ritmo perfecto de arrancadas y pausas; gitanería de un gran artista clásico.
Rafael sobre todo fue artista, y su don supremo la fantasía. En esto no ha reconocido par. Pues si esto es así, y su decir iguala al de los más clásicos del toreo, ¿qué importa al cabo de una vida la cuenta de sus fracasos y que otros hayan mandado en el toreo más que él? En la suma total, queda su timbre, el sonido, el son que solo él supo batir sobre el mármol de la verdad, que es el ruedo del toreo.

Rafael Gómez “Gallito”, Rafael “El Gallo”, alma de niño, hombre de bien. Que Dios te premie el pan y la sal que tan generosamente derramaste sobre la tierra.

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