dimecres, 5 de desembre de 2018

RAFAEL Y PASTORA HABLAN DE SU RELACIÓN (II)

Segunda entrega de la entrevista de 'El duende de la Colegiata' (Adelardo Fernández Arias) a Pastora Imperio y a Rafael sobre su ruptura matrimonial, publicada en El Heraldo de Madrid (12 de febrero de 1912). Se trata, en este caso, de la segunda parte de las contestaciones de Pastora.

—Y usted ¿era feliz con él?—le pregunté

—Con él, sí; sola con él hubiera sido muy feliz; pero ¡su familia!... luego ¡él es tan extraño!.... veía lo que no existió..., una sombra que huye por la noche; un hombre que se escapa de día… ¡en fin! Yo no sé si es la neurastenia ó qué; pero ¡usted sabe que de mí no ha tenido nadie que decir nunca nada!, y sus celos, ¡bueno, mire usted!, eso de sus celos son lo mismo que cuando despidió a su cuadrilla porque pensaba que echaba unos polvos en los capotes para dejar ciegos á los toros.

—Bueno, Pastora; ¿pero usted le quiere?—le pregunté.

Pastora reflexionó un momento.

—No lo sé… Si hubiéramos vivido solos yo hubiera sido muy feliz con él. Yo no comprendo a ese hombre… Un hombre como él, que estudia delante dei toro, porque en la plaza hace con el capote lo que quiere; maneja al toro á su gusto; hace lo que quiere de él; en fin, ¡que estudia! Y luego, en casa... yo no le comprendo. Por eso, mire usted, cuando supe que mi pobrecito padre estaba malo vine a verle y pedí el depósito en su casa...  

—¿En qué fundó usted su demanda de divorcio?

—En incompatibilidad de caracteres—me respondió Pastora débilmente,


--No—le dije—; todavía no admiten nuestras leyes ese fundamento, lógico, pero para nosotros aún ilegal

—Bueno; la fundé en malos tratos—me contestó Pastora,

—Y, en efecto, ¿la maltrató á usted?—pregunté á la Imperio.

Y Pastora, bajando la cabeza, me respondió:

-¡Sí!.

—Sin embargo—le dije—, he sabido que usted ha retirado la demanda de divorcio,

—Sí, la he retirado.

—¿Por qué?...

—Primero, porque eso del divorcio, en España, es una tontería; cuesta dinero, que se lo llevan los curiales y no se consigue nada práctico... Yo que sé que Rafael no anda muy bien de dinero... esto del divorcio le iba á costar una porción de duros que necesita… y además... Pues mire usted, porque yo sé el estado precario de Rafael y sabía que el Juzgado enviaría á todas las plazas una orden, y ¡figúrese usted, un torero de sesenta corridas son sesenta mil duros, y ¡no! yo no quiero perjudicarle, no quiero hacerle el menor daño, no, señor. Se lo dije á mi padre y mi pobrecito padre me contestó: «Si es tu gusto, hazlo.» Luego, ¡mire usted! á mi padre le han precipitado la muerte estos disgustos, y sin embargo, ¡ya ve usted! todos creímos que Rafael entrase por esa puerta, porque ante la muerte todo se olvida, no hay resentimientos, no hay odios que perduren ante una desgracia así, y Rafael no vino. Todos creímos que vendría al entierro, porque han venido muchas personas que ni conocíamos, ¡y Rafael no vino! Mire usted, si llega á venir, todo lo olvidamos, no pasa nada, lo recibimos aquí en palmitas.




 —Pero vamos á ver, Pastora—le dije: ¿usted está enamorada de Rafael, verdad?

—Ya ve usted, cuando yo retiré la demanda de divorcio…. Pero, no; no le perdono que no haya venido cuando murió mi padre... no se lo perdono.

 —¿Y si viniese á verla?—me atreví á preguntar.

-No viene; Rafael es hombre que no viene y no vendrá...

Vi, en los ojos grandes de Pastora, asomarse las lágrimas. Se rehizo y continuó:

—Hace pocos días, mientras él gastaba mil pesetas en una juerga con la famosa “Niña de los peines”, yo tuve que empeñar... ¿sabe usted?... con la famosa «Niña de los peines»!

-Y usted ¿qué piensa hacer?... —le pregunté

 —Pues cuando se me acaben los recursos tendré que trabajar. ¿Qué voy á hacer? ¡Me ofrecen muchísimos contratos! ¡Tengo ya dos para el Salón Imperial, de aquí, y el Trianon Palace, de Madrid, en quinientas pesetas diarias ¿Qué voy á hacer?

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