miércoles, 14 de febrero de 2024

RAFAEL EN LA MIURADA DE CASTELLÓN DE 1905: OTRA CRÓNICA (Y III)

En esta segunda crónica, Francisco Moya da sus impresiones de lo que aconteció en el mano a mano entre Lagartijo y Gallito celebrado en Castellón el 25 de marzo de 1905. La crónica apareció en la revista 'Sol y sombra' el 6 de abril:

 Siempre fue la de Castellón la plaza que cierra y abre el curso taurino. 

 Este año desconté, desde hace tiempo, el que, siguiendo la costumbre, pudiera celebrarse ningún espectáculo de alguna seriedad o presupuesto, por razón de la crisis económica por que atraviesa esa provincia. La naranja, fruto de riqueza de la misma, vióse toda helada de un día para otro, llevando la desolación a miles de familias. 

 Aquel huerto frondoso y sin interrupción, cargado del más simpático de los frutos, por que atravesaba el tren, no es hoy más que un montón de leña amarillenta, destacándose de la misma, por su soledad, millares de naranjas abandonadas.

Por esta poderosa razón, supuse que este año en la feria de la Magdalena faltaría al programa su célebre corrida de toros; pero me equivoqué. En el programa figuraba ésta, con toros nada menos que de D. Eduardo Miura y como matadores Lagartijo chico y Gallito. Había surgido una empresa valiente que, con más afición a nuestra fiesta que miedo a las pérdidas seguras, arrostró con todo, y Castellón no perdía la prioridad de abrir y cerrar el curso taurino. La animación fue grande y de Valencia no faltaron algunos miles de aficionados, viéndose la plaza con más público que el que se esperaba y sus palcos repletos de las mantillas clásicas en esta fiesta, sirviendo de marco a caras que al sol dan envidia. Y la certeza de esta afirmación mía, está en que al ocupar los palcos mis bellas paisanas, el sol se cubrió, no tardando en obsequiarnos con una ligera llovizna. La fiesta nacional se celebró, y allá va lo que fue: 

Los toros de Miura estaban bien presentados, y en conjunto dejaron satisfecha a la asamblea. 

 El primero era un bonito toro en lo que respecta a tipo y defensas; pero en el primer tercio se limitó a cumplir, buscar el callejón a la tercera vara de las cinco que tomó, a cambio de un porrazo, y a llevar la cabeza más suelta que un chivo de dos días. 

 A banderillas difícil, y entre esto y el sobón de los peones, llegó áa manos de Lagartijo chico como digan dueñas. 

Este, de negro y oro, le toreó con la derecha, viendo en este toro al animal más difícil que tocarle pueda en lo que resta de temporada, consignándolo así el público. Pinchó una vez, y acabó de media estocada caída. ¡Vaya un animalito que se quitó de delante el de Córdoba! 

 El segundo fue el toro más bravo y noble de la corrida. En el primer tercio tomó siete varas por tres caídas y tres acémilas, dando lugar a que los matadores entablaran competencia en eso de los adornos. 

 Sevillano coloca un buen par. 

 Gallito, de azul celeste y oro, principió con un pase ayudado y uno en redondo. Siguió un muleteo movido, sin causa ni razón justificada, dio un pinchazo, y terminó de media estocada buena. (Aplausos.)

En tercer lugar salió un  toro largo, fino y levantado. Hizo una buena pelea en el primer tercio, aguantando seis lanzazos por cuatro caídas y un penco. A la muerte llegó noble hasta dejárselo de sobra, dando con esto ocasión a que Lagartijo chico le toreara de muleta sobrio y con tranquilidad. Le toreó por abajo según indicaba el estado del toro, y después de dos medias estocadas, entró al volapié con muchos redaños, dejando una monumental estocada, de la que salió el toro muerto de las manos. ¡Olé los niños entrando a matar! 

Gallito ante el cuarto. (Foto: Sol y Sombra)
 El cuarto llevaba el tipo legítimo de la casa. Tomó cinco varas, por tres caídas y dos caballos. Esto es decir que a pesar de su tipo era mansurrón. Se banderilleó a la media vuelta, y Gallito le toreó de muleta con la derecha y sin lucimiento y con despatarramiento. Pinchó bajo y acabó de una esto cada delantera, con derrame externo. Intercalando en esto un achuchón con abandono de mercancía y fuga... de vocales. 

El quinto toro fue el que más satisfecha dejó a la concurrencia. Seco en el arranque, de poder, certero y bravo. Pedir más sería gollería. ¡Vaya un toro! Tomó sus siete varas, dio siete porrazos y mató seis caballos. Los matadores se arrodillaron, tocaron el testuz y amenizaron la lidia de tan bravo animal. Tomaron los palos los maestros, y aquí hubo su pequeño incidente entre ellos, que llegó al público, gracias á Gallito, que proporcionó una bronca á Lagartijo chico. 

Lagartijo entrando a matar. (Foto: Sol y Sombra)
 Antiguamente y cuando los matadores tomaban los palos y había más compañerismo, era sencillamente con la sana intención de buscar el lucimiento, sin perjudicar al que debía estoquear aquel toro. Hoy las cosas cambian, y si se toman loa palos, es para pasarse un cuarto de luna en preparaciones y saliditas en falso y que llegue a manos del compañero con resabios. Esto el público no lo comprende y de ahí que se ponga al lado del matador de las sanas intenciones, creyendo que es orgullo o falta de compañerismo el que deje o no banderillear al que con él figura en el cartel. Tres toros corresponden a cada uno; si se tiene voluntad de lucirse con los garapullos, puede elegir si quiere el primero o el último, cuya muerte le corresponda. A tal conclusión ha llegado o debe llegar las intenciones sanas de les toreritos que hoy padecemos, sin exclusión. 

 Lagartijo chico, como Gallito dejaron un buen par al cuarteo. El primero de éstos muleteó a este toro con pases por abajo, se arranco bien a matar y dejó un pinchazo hondo, dos en hueso y una estocada hasta lo rojo de la empuñadura. 

 El último salió aplomadote, y antes de aparecer en el ruedo se presentó en escena un émulo, provisto de muleta, de la cual no pudo hacer uso por entregarle Lagartijo chico a las autoridades con trastos y todo.

 Este toro no fue gran cosa, aceptando cuatro varas por una caída y dos caballos. 

Gallito, con ganas de acabar, entró a matar al tercer pase, pinchando; repítese la escena, pero esta vez perdiendo los papeles el matador. Entra de nuevo al cuarteo, para media estocada delantera y atravesadilla y acaba de una entera. Todas las veces que entró a matar en este toro, lo hizo sin esperar a que igualara; así resultó ello. 

 Y como me he extendido demasiado, no entro en consideraciones menudas que alguien me agradecerá.

domingo, 11 de febrero de 2024

RAFAEL EN LA MIURADA DE CASTELLÓN DE 1905: UNA CRÓNICA (II)

 

Caída con Lagartijo al quite. (Foto: Sol y Sombra)
Seguimos con la corrida de la Magdalena de 1905 verificada el 25 de marzo en la plaza de toros de Castellón. Solventadas las incidencias acaecidas durante la desencajonada, veamos cómo refleja 'Heraldo de Castellón', en su edición de 27 de marzo, la actuación de los diestros, en una crónica firmada por X.:

"Con mejor entrada de la que hacía esperar el año, aunque una poquita menos que en otras mejores circunstancias hubiera conseguido la empresa, se celebró el sábado la anunciada y esperada corrida de toros. 

El día amaneció espléndido, hermoso, meridional y estimuló el deseo de los aficionados forasteros de venir a presenciar el espectáculo taurino y gracias al extraordinario contingente de público de los pueblos ha podido la empresa salir por un lado, aunque todavía habrá perdido algunos cuartos. 

Al empezar el espectáculo se aturbonó el horizonte y empezó a gotear con visible enojo de los aficionados pero la cosa no pasó a mayores y tras el desfile de las cuadrillas y todas las ceremonias del caso se abrió la puerta de las sorpresas y saltó el primero de Miura que, con sus restantes hermanitos, con la sola excepción de los lidiados en segundo y quinto lugar que resultaron de bastante poder y sangre y supieron crecerse al castigo, traían la pólvora mojadita y no demostraron la bravura e intención propia y exclusiva de los miuras.

Los siniestros augurios que se hicieron de los toros no han tenido afortunadamente realidad con la pesadumbre de los que van a estos espectáculos sólo por ver si hay hule. 

Y es que ha ocurrido con los mocitos de miura lo que con un tal Espresati, de feliz memoria, de quien era fama que se comía los niños crudos cuando sólo tenía de Herodes lo que yo de obispo. 

Lagartijo estuvo apático en su primer toro pero en el segundo reivindicó el honor de la casa solariega y trasteó a su adversario parado, elegante y ceñido, como quien dice con todas las de la ley y tras de un pinchazo bien señalado emprendió nuevo viaje y soltó un volapié casi tan bueno como el del amigo Llorens en la última sesión del ayuntamiento. 

En el último, bien al empezar, pero se descompuso enseguida y cuarteó de mala manera al echarse la carabina a la cara, resultando los tiros mal dirigidos. 

Con el capote se mostró activo e inteligente y apretó para que no se llevara todos los aplausos El Gallo, y como este hizo quites oportunísimos, se arrodilló delante de su enemigo y le puso la montera entre los pitones. 

Gallito empleó un precioso trabajo de muleta en sus tres toros pero al herir estuvo desgraciado como su compañero. Sin embargo, en todos los quites electrizó al público arrancándole palmas y bravos con sus floritures, largas, molinetes y quiebro de rodillas que ejecutó a la perfección. 

Parearon al quinto los dos maestros muy acertadamente y en algunos momentos de la lidia produjeron el delirio en el público por su guapeza y valentía. 

Las cuadrillas estuvieron muy mal toda la tarde, los del castoreño picaron bastante menos que el sol, inmolando en su apatía o asaúra unas diecisiete Rebecas. ¡Pobrecitas!

La presidencia a cargo del señor alcalde don Joaquín Peris muy acertada.

Algunos palcos estaban que daba gloria verlos. Había cada manola que arrancaba "un mar de suspiros". 

El desfile resultó lucido y brillante". 



miércoles, 7 de febrero de 2024

RAFAEL EN LA MIURADA DE CASTELLÓN DE 1905: LA DESENCAJONADA (I)

El 25 de marzo de 1905 Castellón celebró su tradicional corrida magdalenera. En los corrales, tras no pocas incidencias, seis toros de don Eduardo Miura esperaban a sus matadores: Rafael Molina Martínez 'Lagartijo' y Rafael Gómez Ortega 'Gallito'...

Cuenta 'La Correspondencia de Valencia' del martes 21 de marzo que el domingo anterior se celebró en el coso de Ribalta la desencajonada...:

"Los dos primeros bichos fueron desencajonados sin novedad y lo propio sucedió con el tercero, que pasó inquieto y buscando pelea al primer corral. Al abrirse la puerta que comunica al segundo corral, los toros segundo y tercero se embistieron y al tropezar lo hicieron con tal fiereza que los dos quedaron muertos en la misma puerta. Uno tenía fracturado el cráneo y el otro quedó desnucado. 

El público, que estaba entusiasmado de la hermosa lámina de los bichos, sufrió la natural sorpresa de aquel nuevo espectáculo que tan caro ha costado a la empresa. 

El cuarto bicho, bonito animal, dio un salto tan tremendo que colocó las patas encima de un burladero; después embistió al primero que había sido desencajonado, produciéndole una pequeña herida. 

Los dos restantes toros se desencajonaron sin novedad. 

El público presenció cómo sacaban de los corrales los dos toros muertos.

La empresa telegrafió enseguida al ganadero para que dispusiera que mañana salgan para Castellón dos toros más de Miura. 

Aquí no se habla de otra cosa, lamentando todo el mundo lo ocurrido, y la empresa ha pedido dos buenos toros cuesten lo que cuesten. 

Los toros que quedan en el corral están muy bien criados, bonita y fina lámina, muchas libras y bien armados. La corrida promete."

"Acaba de recibirse un telegrama del ganadero Sr. Miura diciendo que esta mañana han salido de la ganadería, para ser embarcados, dos toros superiores que sustituyan a los dos muertos. 



 

domingo, 4 de febrero de 2024

RAFAEL CUMPLE 75 AÑOS

La revista 'El Ruedo' conmemoró el 75 aniversario del nacimiento de Rafael publicando un extenso, y curioso, reportaje en su número 683 de 25 de julio de 1957. Firmado por Francisco Serrano Anguita, ya había visto la luz días antes en 'Hoja oficial del lunes':

Rafael con unos partidarios. (Foto: El Ruedo)

«Si estoy en Madrid, no faltaré al homenaje que piensan ofrecerle a Rafael Gómez el Gallo con motivo de sus primeros setenta y cinco años. El famoso torero nació en nuestra villa el 17 de julio de 1882, y sigue tan flamenco y desconcertante como en la juventud. He sido gran admirador de su arte y figuro entre sus amigos, aunque solemos vernos muy de tarde en tarde. Siempre han de volver presentármelo, pues él es bastante desmemoriado y yo no frecuento las tertulias taurinas. Sigo mis costumbres de revistero en La Mañana, el semanario que fundó el insigne Manuel Bueno y que dirigió después don Luis Silvela. 

 Durante los dos años que ejercí la critica —de algún modo hay que llamarla— sólo tuve un amigo profesional, y no de los más brillantes: Remigio Frutos, el Algeteño, sobrino de aquel Ojitos que fue maestro y mentor de Rodolfo Gaona. Remigio, muerto no hace mucho tiempo, era un gran tipo y una gran persona. Había sido alcalde en Algete. su pueblo. Luego se hizo picador de reses bravas y acabó matando novillotes de media casta en la placita de Tetuán de las Victorias. En El Algeteño se compendiaron todas mis amistades con la torería de la época. A Manolo Bienvenida, El Papa Negro, del que asimismo fui entusiasta, lo conocí a bordo del vapor María Cristina, en un inolvidable viaje de regreso de Cuba a España, en el que nos acompañaba el eminente actor don Enrique Borrás. Y ni entonces ni luego supo Manolo que yo era aquel Ballestilla que le consagró tantos ditirambos en prosa y en verso..., porque uno cambiaba a veces la seda tersa del estilo llano por el percal ripioso de unos malos sonetos o de unas pésimas octavas reales. 

Volviendo a Rafael, tampoco busqué su trato,, y eso que él me envió una fotografía con esta magnífica dedicatoria: "A mi estimado admirador Ballestilla. Rafael Gómez, el Gallo." Y en cuanto a las presentaciones, ya he dicho que fueron múltiples, y debo añadir que se iniciaron del modo más pintoresco.

Alejandro Pérez Lugín, luego célebre novelista, y en 1910 notabilísimo reportero de El Mundo, modelo de críticos de tauromaquia y gran maestre de la orden del gallismo en todas sus ramas —la disciplinada y subalterna de Fernando, el mayor de los tres hermanos; la pinturera y garbosa de Rafael y el tierno brote de Joselito, ya triunfador en su aprendizaje de becerrista—, había hecho de mi una especie de edecán de su grupo, a lo que yo me sometía gustoso por el afecto que nos ligaba y porque así iba adiestrándome en el oficio periodístico. Lo que no conseguía Lugín era unirme al cortejo del divino calvo. Siempre que intentó llevarme a las reuniones del partido tropezó con mi obstinada negativa, porque no quise que mi devoción al torero en la plaza se quebrantase con el conocimiento del torero en la calle, en el café o en la taberna. Un día, sin embargo, no pude resistirme a los deseos del jefe. Se había celebrado en Madrid una corrida en la que Rafael quedó... una mijita desiguá. 

La desigualdad consistió en cubrirse en el primer toro y dar el mitin en el segundo. Un mitin previsto desde que el bicho salió de los chiqueros y afrontado con la serenidad que El Gallo ponía en tales espectáculos. Ni dio ningún lance, ni siquiera quiso divertirnos con sus habituales espantás. Limitóse a ver cómo trabajaban sus peones, y cuando llegó la hora de matar, apenas si desplegó la muleta. "Yévatelo p'ayá." "Córrelo a este lao." "Sácalo de las tablas." "Tráemelo al dos"... La gritería era espantosa. Llovían almohadillas sobre la arena y el coso amenazaba hundirse a impulsos de la indignación del gentío. Rafael, impávido, como ajeno al tumulto, iba de un lado para otro, contoneándose y a pasitos cortos — "Con mucha repajolera grasia, sí señó", decían sus partidarios—, y de vez en cuando miraba al palco presidencial, haciendo al usía señas y guiñadas, como si le dijera: "Pero, hombre de Dios, ¡que ya es hora de que salgan los mansos!..."

 Y salieron. ¡No habían de salir! El toro se fue vivo a los corrales, porque ni siquiera le arañó el estoque del diestro. Refugióse éste en el callejón con aire de resignada condolencia, y ya no pudo asomarse al ruedo sin que le persiguieran los denuestos de la colérica multitud. 

No hay que decir cómo abandonamos la Plaza los infortunados gallistas. Péréz Lugín —Don Pío para la afición— iba ronco de replicar a los que le increpaban en gradas y tendidos: "¡A pesar de todo, el mejor! jKi-ki-ri-ki! ¡El mejor! ¡Ey, carballeira!" Y ya fuera del coso, todavía gritaba, entre la riada de los comentaristas del desastre: "E1 mejor!... ¡Siempre el mejor!... ¡Hasta en loe fracasos!... ¡Nadie fracasa como él!..." Porque él fracaso no podía negarlo el bueno de Alejandro, y de ello se valió para torcer mi voluntad de independencia. 

 —Mira, niño —me dijo—, hoy no puedes negarte a venir a saludar a Rafael. En los malos trances se conoce a los amigos. Esta tarde no habrá en la fonda mangantes ni pelmazos que vayan a beberse unas copas con el héroe y a pedirle un par de duros. Únicamente estaremos los cabales, los de verdad, y tú tienes que ir. Te agradecerá mucho la visita. 

 ¡Por fin iban a presentarme al Gallo! Entramos en el antiguo hotel de Roma, de la calle del Caballero de Gracia, y subimos a la habitación del ídolo. Aquello parecía un velatorio. Tendido en la cama yacía el torero, con una camiseta de color rosa y unos calzoncillos de céfiro listado que partían los corazones. Sobre la blancura de la almohada, su cabeza era como un barro cocido, y la coleta, en desorden, fingía ser la aureola del mondo cráneo. Fumaba Rafael un largo veguero, del que arrancaba densas bocanadas de humo- para lanzarlas estoicamente al cielo raso. Rodeando el lecho, los cabales: unos graves caballeros y ocho o diez gitanos de los que constituían el séquito de Rafael. Caras cetrinas, tufos aceitosos, pupilas negras y llameantes; éste con un clavelito sobre la, oreja, aquél , dándole vueltas al ancho sombrero mugriento, el de más allá jugueteando con la vara de mimbres de Antonio Torres Heredia... Y los comentarios: 

-Er toro achuchaba por los dos laos... El (Gallo, chupando con deleite su cigarro, lanzaba un chorro de humo y argüía: 

-Que he estao mu malo... 

-¡A un bicho azín no había máz que ejarlo que ze lo yevazen! 

-Yo no me opuse: pero he estao mu malo... 

-Er público, no sabe lo que píe..: ¿Qué se iba a jasé con un renegao que embestía p'atrás? 

 Y el retornelo de Rafael: 

-Que he estao mu malo, mu malo... Hubo un largo silencio y nadie se atrevió a romperlo. Don Pío, muy en su papel de introductor de embajadores, avanzaba ya hacia la cabecera de la cama. Seguíale yo con timidez no exenta de curiosidad. Y entonces surgió la voz honda y cavernosa de un viejo cañí que se había acurrucado en un rincón de la estancia y evocaba el nombre del toro que fue a los corrales: 

-¡¡¡Y se yamaba Madroño!!!... 

 Volvióse el maestro hacia el individuo, hizo uno de sus guiños característicos, dio una larga fumada al tabaco y contestó con sonrisa picara: 

 —Por mí se yama toa vía. 

 Ya no hubo presentación, porque me acometió la risa, y para soltarla a mis anchas salí huyendo del cuarto y eché escaleras abajo, sin atender a las voces de Pérez Lugín, que venía tras de mí haciendo coro a mis estruendosas y repetidas carcajadas. Y asi fue cómo se malogró mi primera presentación al divino calvo.

miércoles, 31 de enero de 2024

TRES CONTEMPORÁNEOS RECUERDA A RAFAEL: (Y III)

 La revista 'El Ruedo' dedicó un amplio despliegue a plasmar la figura de Rafael El Gallo tras su muerte. El 2 de junio de 1960, en su número 832, apareció un extenso reportaje firmado por Santiago Córdoba. En esta tercera y última parte, el ganadero Antonio Pérez Tabernero recuerda al diestro:

Antonio Pérez Tabernero. (Foto: El Ruedo)

— Don Antonio, ¿qué subraya usted 
de la personalidad del «Gallo»? 

—La influencia, de la raza gitana  sobre las demás razas humanas. Porque en Rafael se impuso tanto la media sangre de Gabriela, que en nada recordaba a su padre, el señor Fernando «el Gallo».

Don Antonio Pérez Tabernero, uno de los más amenos conversadores con que ha tropezado el periodista, es quizá el más antiguo amigo de Rafael «el Gallo». Le conoció en el siglo pasado y cultivó su amistad toda la vida. Por eso, don Antonio, con cuatro palabras, ha calado hondo en la personalidad de Rafael. Prosigamos. 

 — ¿Cuál de los dos hermanos acusa más la raza gitana, Rafael o «Joselito»? 

 —Indudablemente, Rafael. José parecía payo por los cuatro costados. Y para establecer más la diferencia entre los dos hermanos, basta saber cómo se administraban. José era un financiero, y Rafael, un pródigo; el hombre que ha vendido una partida de yeguas o potras en un ferial y espléndidamente se deshace de las utilidades en una juega. Nunca me expliqué una diferencia tan grande entre dos hermanos.

— ¿Y cuál de los dos exponía más ante los toros? —

Para mí, sin duda, Rafael, porque con el toro que se confiaba estaba más cerca que nadie de aquella época, y eso siempre es peligroso; pero es que cuando huía, cuando daba sus célebres espantadas, perdiéndole la cara a los toros, era cuando corría más peligro, 

 — ¿ Qué torero de hoy está en una u otra línea de los «Gallos»? 

 — Yo no hablo de los toreros que están en activo. 

— ¿Usted qué fue. «gallista» o «joselista»? 

 — Siempre he sido partidario del torero que más puede con el toro.

 — ¿Visitaba Rafael con frecuencia su casa de San Fernando? 

 — Los dos hermanos fueron mucho a casa, sí. 

 — ¿Cómo eran en la intimidad? 

-Tan opuestos como en, el toreo. Rafael, graciosísimo en sus frases, que casi siempre eran certeras. «Joselito», een cambio, muy reservado y siempre calculador. 

 —Confidencialmente, ¿qué decía José de su hermano Rafael? 

 —José sentía una gran admiración por su hermano; pero conociendo el riesgo que corría, por las razones que antes expuse, siempre estaba influyendo para que se retirase. 

 — ¿ El rasgo humano que más admiraba usted en «El Gallo»? 

 — Lo fácil que se acoplaba a las situaciones, por difíciles qué fueran. Igual se adaptaba a la conversación con un Grande de España que le seguía la corriente a un «calé», aunque supiera desde un príncipio que iba a darle un sablazo. ¡Ah! Y lo supersticioso que era, cosa que nunca compartí con él.

 Así era «El Gallo», aquel torero de multitudes, famoso por sus genialidades; así era Rafael, aquel hombre que era la más viva representación de una época que ha muerto con él.

domingo, 28 de enero de 2024

TRES CONTEMPORÁNEOS RECUERDAN A RAFAEL (II)

La revista 'El Ruedo' dedicó un amplio despliegue a plasmar la figura de Rafael El Gallo tras su muerte. El 2 de junio de 1960, en su número 832, apareció un extenso reportaje firmado por Santiago Córdoba. En esta segunda parte, el matador Vicente Pastor recuerda a su rival:

Pastor

—Don Vicente, usted que corrió la fabulosa aventura del toreo junto a «El Gallo», ¿quiere recordarle? 

-¡Pobre Rafael! le han salido del alma estas dos palabras. Don Vicente Pastor está visiblemente afectado por la muerte del compañero con quien compartió durante tantos años las alegrías y los sinsabores que acarrea la profesión de torero.

— ¡Qué le voy a decir de Rafael! Empezó de novillero a la vez que yo, y toreamos muchas corridas juntos y muchos mano a mano: Me ha impresionado su muerte. Me enteré en la cama; acababa de acostarme y me dieron la noticia. 

 — ¿Cómo y cuándo conoció a Rafael? 

 —Fue en Castellón, al coincidir en. la primera novillada que toreamos juntos; si no recuerdo mal, fue el año 99. Y seguimos de novilleros hasta 1902; él tomó la alternativa en Sevilla en el mes de septiembre y yo en Madrid. 

-¿Cómo era Rafael, don Vicente? 

—Como un chiquillo. Yo le tomé verdadero cariño, porque fuimos juntos por los trenes y paramos en las mismas fondas. 

 — ¿Qué fue, qué representó para usted «El Gallo»? 

 —Con sus desigualdades, una gran figura. Le echó mucha sal hasta en lo que llamaban las espantadas; porque hasta en eso tenía personalidad. 

 — ¿Qué comentarios hacía con sus compañeros en la Plaza? 

 — En ese trance ya sabe usted que los toreros apenas hablamos. Rafael en las tardes de éxito, se limitaba a decir: «¡Qué buen toro me ha tocado!" Y en las tardes de fracaso, lo contrario: «¡Qué «hueso» me ha tocado!» Yo me he llevado bien con todos los toreros, pero con Rafael mejor que con nadie. Siempre que nos encontrábamos, nuestro primer saludo era preguntarnos por la madre. Recuerdo que en una ocasión en que «Joselito» estaba herido en Barcelona fui a verle y me recibió una señora; yo me supuse que se trataba de su madre. Me dijo que José estaba durmiendo. Entonces le anuncié que volvería por la tarde y que le advirtiera que había estado Vicente Pastor. Al oír mi nombre, su madre reaccionó: «¿Pero es usted Vicente Pastor?... Usted no se va sin ver a mi niño; porque usted es el mejor amigo que tiene mí hijo Rafael. Por eso, cuando torea con usted estamos tan tranquilos.»

miércoles, 24 de enero de 2024

TRES CONTEMPORÁNEOS RECUERDAN A RAFAEL (I)

La revista 'El Ruedo' dedicó un amplio despliegue a plasmar la figura de Rafael El Gallo tras su muerte. El 2 de junio de 1960, en su número 832, apareció un extenso reportaje firmado por Santiago Córdoba en el que Gregorio Corrochano, Vicente Pastor y Antonio Pérez Tabernero lo recuerdan. 

En esta primera entrega se recogen las palabras del cronista taurino:


Corrochano
Vamos a hablar de Rafael Gómez, «el Gallo». Sí, vamos a seguir hablando del torero que dio más que hablar. Porque no ha habido una figura taurina más admirada, más pintoresca, más discutida, más celebrada, más simpáticamente popular que «El Gallo». 

 «El Gallo, dentro y fuera de la Plaza, tenía una personalidad arrolladora, En el redondel era distinto a todos los toreros; cuando le soplaban las musas, incomparable; cuando tomaba precauciones, único. Por eso era «El Gallo». Pero no divaguemos. Vamos a hablar de «El Gallo» con tres contemporáneos suyos. Tres representantes de la época gloriosa de Rafael «el Gallo». Un ilustre cronista taurino, un famoso torero y un ganadero de solera: don Gregorio Corrochano, don Vicente Pastor y don Antonio Pérez Tabernero. Tres nombres prestigiosos de la Fiesta. El mejor cartel que se puede ofrecer hoy en homenaje al torero más sensacional de ayer. 

 — Don Gregorio, vengo a robarle un artículo. Usted habla y yo escribo. Vengo a que me hable de Rafael «el Gallo».

A don Gregorio, que podría dictar de un tirón la tauromaquia de «El Gallo», se le agolpan los recuerdos. Pongamos orden a la garbosa palabra del maestro. 

 — Empecé a ver a Rafael de matador de toros en Madrid, en la época de Mosquera, cuando empezó a revelarse como lo que era. Mosquera le dio oportunidades, como a Vicente Pastor. Entonces se ve lo cerca que torea; tanto, que cuando se perfilaba para matar apartaba con la mano las ban erillas. Todos lo habían hecho con el estoque. 

 — ¿Qué escuela acusa «El Gallo»? 

-La escuela sevillana, empalmada con la rondeña, El trajo lo de cambiarse la muleta de  mano; así torea al natural —arte rondeño— y se adorna — arte sevillano—. «Don Modesto» ve a «El Gallo» y escribe: «Que pase con su pase. Con ese pase se pasa a la Gloria sin permiso de San Pedro.» 

 — Muy bonito. Verá, verá. Entonces «Don Pío», gallista por convicción, pero también por polemizar con «Don Modesto», cuando «El Gallo» estaba bien, gritaba: «;Kikirki... Ey Carballeyra!...» Estos gritos los daba en la Plaza y en «La Tribuna», su periódico. Y cuando el torero daba la vuelta al ruedo recogiendo puros y devolviendo sombreros. «Don Pío», tirando las cuartillas a su paso» le decía: «Pon lo que quieras, que yo lo firmo.» 

 — ¿Se mezclaron entonces los gallistas de Rafael y de José? 

 — No. Rafael tenía un partido suyo, único, entusiasta y fanático, que no tenía nada que ver con «Joselito». Y tornamos a la anécdota. Porque «El Gallo», como todos los genios, como todos los hombres fuera de serie, es pura anécdota. Y don Gregorio, que tiene una prodigiosa memoria y un estilo verbal que emboba al que le escucha, como su pluma deleita al que le lee, cuenta...

—En «El Huerto de Capuchinos», donde se desarrolla la comedia quinteriana titulada «Las flores», un viejo aficionado que se pasaba la vida cultivando flores con el mismo amor que cultivaba su admiración por «El Gallo», me preguntó un día: «¿Qué le ha pasado a Rafael el otro día en Madrid?...» «Pues nada -le respondí vacilante—, que le salió un toro a contraestilo, que no se arrimaba...; pasó el tiempo y se lo devolvieron al corral.» Y él replicó sentencioso: «Pues no  pasará mucho tiempo sin que le saquen ustedes bajo palio.» Efectiva mente, a los pocos días, un 15 de mayo, con un toro memorable de Aleas, al que Rafael hizo una de las mejores faenas que se vieron en la Plaza madrileña, lo sacaron a hombros. Entonces recordé al viejo aficionado de «El Huerto de Capuchinos" y le puse el siguiente telegrama: «Rafael ha salido bajo el palio de las palmas de los espectadores.» ¿Sabe usted lo de «El Alfombrista»?

 -No. 

-Sale para Rafael un toro en Madrid. «El Alfombrista», gallista hasta los tuétanos, ve que va a estar fatal su ídolo; se pone en pie y grita al usía: «¡Señor presidente: este toro es «burraco!» Se corre por la Plaza el grito, se arma la marimorena y el presidente saca el pañuelo verde y cambia el toro Al día siguiente hago la crónica, lo cuento y hago la siguiente definición del toro: «"Burraco", toro negro. picado de blanco por detrás, a quien  los vaqueros llaman «Burraco» por el parecido del color de las urracas.» Habían echado para atrás un toro por el pelo, como podía haber sido berrendo, castaño o cárdeno. 

 —Don Gregorio, ¿cómo definiría usted a Rafael «el Gallo»? 

 —Un torero clásico, con el arte jugoso de la escuela sevillana. Tan clásico, que macheteaba con la izquierda, suerte poco lucida, pero necesaria, como hacían los clásicos. Y lo hacía con la izquierda, con objeto de no perder tiempo para matar.

 — ¿Y Rafael como persona? 

 —Bondadoso, educado, muy educado y humilde, cualidad ésta que rara vez se da en el toreo. Jamás habló mal de nadie. Del pecado de envidiar, del mal causado por injuria y calumnia, ni siquiera por ligereza de juicio, se va libre. Rafael «el Gallo», cuando hablaba de algún torero, solamente cogía para hacer mención la parte buena. Elogios le oí muchos, disculpas también. Censuras, ninguna.

— ¿Cuándo le yio usted por última vez? 

 —El 8 de mayo último, en Sevilla. Me despedí de él, incorporándose trabajosamente en la cama. Ayudado por el abrazo que le di, me echó los brazos al cuello. Nos separamos procurando que la emoción no se asomara a los ojos. Por decirle algo, le dije: «Volveré pronto», y él me contestó: "A. ver si es verdad». Pero los dos comprendimos que no volveríamos a  vernos.