diumenge, 18 d’agost de 2013

EL GALLO Y LA IDENTIDAD CATALANA

Javier Vellón ha remitido el siguiente trabajo para su publicación

 Siliceo, el periodista de La Vanguardia (19 de junio de 1914), reflexiona sobre la identidad catalana a partir de las reacciones frente a una cogida de Rafael el Gallo.

España es aún España. Si no lo fuera, no hubiera producido consternación general la cogida de el Gallo, el famoso torero. Algo muy nuestro es éste, cuando la noticia de haber sido herido por un toro aglomeró en las estaciones telegráficas los miles de despachos que interesándose por su estado se han cursado. Si de algo muy nacional no se hubiera tratado, no se mostrara con regocijo en los pasillos del Congreso, por el conde de Romanones, un telegrama dando noticia de que el estado del diestro no era desesperado.

Los toros, los toreros, la afición, constituyen para la vida del país factores de cuantía. Sin ellos, España no fuera España, incluyendo a Cataluña, porque nada debemos echar en cara al resto de la nación. Todos somos unos. También entre nuestros políticos los hay que se contagiaron y para ellos el Gallo equivale a un estadista consciente y previsor , a juzgar por la adoración en que le tienen. En esto, no existen diferencias, la sangre de la raza se impone al buen juicio y le da un mentís. Se pretende que somos algo distintos de los demás españoles, menos meridionales, y al anuncio de una corrida de toros se llena, no una plaza,, sino dos. Y por una entrada se pagan precios que no se acierta a comprender de dónde sacan el dinero para abonarla muchos que al espectáculo asisten.

¿Censuramos que a él se concurra? Fuera trabajo perdido. Lo único censurable es la hipocresía de suponer que aquí estamos a cien leguas de camino del resto de España, que sentimos y pensamos de muy opuesta manera, que nuestras aficiones son muy otras, que únicamente nos preocupamos de cosas del espíritu, que miramos de cara a Europa. Lo cual no negaremos por completo, en cuanto no se tercia un espada. Así que alguien con traje de luces viene a Barcelona, entonces nos olvidamos de ser europeos, cedemos el sitio preferente en el velador del café al toreo de rumbo, le llevamos en el automóvil a la plaza, por la, noche lo presentamos en el palco del teatro y quizá llegue el día en que le invitemos a una sesión de la Mancomunidad.

Desengañémonos: no somos mejores ni peores; somos iguales, en muchas cosas al resto de los españoles.

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