dimecres, 11 de desembre de 2013

SILENCIO POR UN TORERO (II)

Antonio Burgos, autor del artículo
El compositor Rafael de León
El escritor Antonio Burgos publicó el pasado 23 de septiembre en su sección de ABC el artículo titulado De El Toruño a Talavera en el que aclara cómo se gestó realmente Silencio por un torero y cómo pasó de estar dedicada al caballero rejoneador Salvador Guardiola a glosar la desaparición de El Rey de los toreros.  


  El diestro Salvador Távora Triano, que había comenzado como aficionado con el gaditano José Manteca y con el camero Curro Romero, mató su último toro el 21 de mayo de 1960 en Palma de Mallorca. Se llamaba "Farruco". Era del hierro de Manuel Muñoz. Minutos antes, ese toro, al recibir el rejón de muerte, había descabalgado al caballero en plaza don Salvador Guardiola Domínguez, quien al caer de su jaca "Calé" se rompió la base del cráneo. Abría plaza en el cartel con Luis Segura, José Julio y Joselito Clavel. Guardiola era el primer rejoneador muerto en una plaza. De una familia marcada por el sino de la tragedia, con un hermano asesinado al impedir que unos pistoleros atracaran a su padre y con otra hermana chica muerta abrasada en un fuego en El Pinganillo, era todo un caballero, un gran señor del campo andaluz y el toro bravo. Al modo de don Álvaro Domecq, había cogido el caballo y los rejones para destinar el dinero de sus actuaciones a obras benéficas: a las Hermanas de la Cruz de Utrera. Empezó a torear en 1956 y llevaba a Salvador Távora como sobresaliente de espadas. Y le toco a Távora la dura y amarga prueba de tener que estoquear al toro que acababa de descabalgar mortalmente a su caballero.
Salvador Távora personaje de esta historia

 De luces o en los teatros, Távora fue siempre un artista. De aquella tarde escribió un impresionante poema de arte mayor: "El último rejón". Y se cortó la coleta para guardarle el luto a Salvador. Y como cantaba divinamente, con Manolo Sanlúcar y Paco el Taranto formó "Los Tarantos", a los que contrató Juanita Reina para su espectáculo. Conoció así Távora a Rafael de León, que con Quiroga le estaba escribiendo a Juanita el nuevo espectáculo. Y le leyó Salvador a Rafael su poema. Fue entonces cuando al genial letrista se le ocurrió dedicar una canción a la muerte de Guardiola para la función "Olé con óle", cuyo estreno preparaban. Rafael, tan sobrado, escribió una copla, "Silencio por un caballero", a la que Quiroga puso música. Empezaba: "Aquella tarde Sevilla/se puso toda amarilla..."

A Távora la copla le impresionó. Y se la llevaron a doña María Luis Domínguez y Pérez de Vargas, la matriarca de la Casa Guardiola, para pedirle su venia. No le gustó nada la idea. No quiso que la muerte de su hijo anduviese en coplas por teatros y radios de cretona. Y fue entonces cuando, en menos de horas veinticuatro, a Rafael de León se le ocurrió una de sus genialidades: para aprovechar el cuplé, cambiarlo de destinatario con sólo tres retoques magistrales. El "Silencio por un caballero" se convirtió así en "Silencio por un torero", siendo ese torero el muy macareno, como Juanita, José Gómez Ortega.

Salvador Guardiola Domínguez
Joselito
Y donde Rafael de León había escrito "Silencio el patio y la fuente/que está de cuerpo presente/un señor y un caballero", puso: "Que está de cuerpo presente/el mejor de los toreros". Y donde: "Parece que está dormío, Dios mío,/con un rejón en la mano/y el Guadalquivir, su río, teñío,/con sangre de toros bravos"... Puso: "Parece que está dormío, Dios mío,/en su capote de brega,/y por Gelves viene el río, teñío,/con sangre de los Ortega". El final era: "Y Sevilla, enloquecía,/repetía a todas horas/que un toro mató en el ruedo,/que un toro mató en el ruedo/a Salvador Guardiola." Y ya saben cómo quedó: "Y Sevilla, enloquecía,/ repetìa a voz en grito:/pá qué quiero mi alegría,/ pá que quiero mi alegría/si se ha muerto Joselito".

Grandeza de la Fiesta, de la canción, de un poeta... Grandeza del artista que lo inspiró al leerle sus versos de "El último rejón". La magia de la poesía había transformado a Palma en Talavera, y llevado la muerte a punta de capote desde El Toruño a la Huerta del Lavadero. No sabía Doña María Luisa Domínguez en la vieja casa del Conde de Aguiar en la Puerta Jerez, la de la paleta de pintor en su reloj de sol, que gracias a su negativa de luto, las radios de cretona iban a cantar una de las más hermosas coplas toreras. El 11 de octubre de 1962, en Málaga, cuando Juanita Reina estrenó "Silencio por un torero", el Teatro Cervantes se venía abajo.

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