diumenge, 24 d’agost de 2014

DE CASTA LE VIENE

Javier Vellón ha enviado el siguiente texto para su publicación.
El señor Fernando.




Mucho llegaron a especular los medios especializados acerca de la extrema irregularidad de Rafael ‘Gallo’, capaz de ofrecer el arte más excelso y el escándalo público más absoluto por su indolencia y por sus famosas reacciones de terror ante el mínimo gesto del toro.

Lo cierto es que dicha actitud no era nueva en la familia de los Gallo, puesto que su padre, don Fernando, hacía gala de los mismos cambios de actitud incluso en la misma corrida. Sirva como ejemplo la siguiente crónica, publicada en el número 345 de El Toreo, del 10 de abril de 1882, sobre la corrida inaugural de la temporada madrileña el día anterior.

En dicho festejo se corrieron toros de don Manuel Bañuelos de Colmenar Viejo, cuatro para ‘Lagartijo’ y dos, 3º y 6º, para ‘Gallito’.

Al patriarca de los Gallo le correspondió la muerte de ‘Atrevido’, castaño ojinegro, con el que realizó una buena faena, y ‘Cabrero’, retinto, con el que dio muestras de pánico continuado, hasta el punto de tirar en varias ocasiones la muleta y tomar el olivo. Esta fue la apreciación del cronista:

Lagartijo.
Gallito dio en su primer toro un buen cambio para empezar, y algunos pases dignos de aplauso; la estocada fue buena también; estaba bien señalada, y si se hubiera metido más para consumar el verdadero volapié saliendo por la cola, hubiera llegado con la mano al morrillo y habría tenido mucho más lucimiento en la muerte. Sin embargo, merece aplausos por su faena en este toro, y fueron justos los que el público le tributó.

En cambio en el sexto toro ya no parecía el mismo; aquello no fué masque huir, tirar el trapo y tomar las tablas más que de prisa; lo principal que aquel toro tenia eran pies, y para empezar con un toro de esas condiciones, lo que debe hacerse es quebrantarle las piernas con lamuleta, con pases de castigo desde la cabeza a la cola. Esto es lo primero que se efectúa, porque la muleta se lleva para algo en el momento de matar, y no para tirarla al suelo como un estorbo, ni para manejarla como un capote y huir sin tino ni concierto. No hay toro, por malas que fueren sus condiciones, que merezca la lidia que empleó Gallito con el sexto de los lidiados ayer; así no se trabaja en la primera plaza de España, ni esa es la manera de buscar una reputación.

Como ya hemos dicho, el Gallito no parecía en el sexto toro el espada que había matado el tercero y estas desigualdades tan grandes no son dignas de toreros que quieren cumplir con su deber.

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