diumenge, 1 d’octubre de 2017

POEMA DE CAYO ORTEGA A RAFAEL

Cartel de la Feria.
(querenciataurina.com)
La de Julio de 1.917 no estaba siendo una buena feria para Rafael. Valencia, que tanto lo quería, se le mostraba esquiva e incluso se vendían pitos a la entrada de la plaza para utilizarlos en contra del Divino Calvo. El 29 se anunció la última corrida en la que el genial diestro se acartelaba con Isidoro Martí Flores, su hermano José y Juan Belmonte con astados de Esteban Hernández. 

Esa tarde hizo con un sobrero una faena para la historia que años después Cayo Ortega recogió en el extenso poema que hoy presentamos, fechado en Madrid el 2 de noviembre de 1956: 









AQUELLA TARDE DE “EL GALLO” (Valencia 1917)

Aun de la vida en el rodar disperso
el suceso entrañó tal poesía
que tras años y lustros todavía
al fluir de la prosa brota el verso
Finaban las corridas de la Feria
en la ciudad que el Turia unge indolente,
donde es la luz del sol oro fulgente,
fuego, belleza y arte la materia.
Llena el coso una atmósfera cargada
de hostilidad creciente y agresiva
hacia un torero de actuación esquiva
y del cartel la nota destacada.
El público en su furia increpa loco
al diestro popular e infortunado
porque una y otra tarde fracasado
aquella no logró triunfar tampoco.
Y arrecia hasta obtener del Presidente
antes de que el crepúsculo se extienda,
que el fatal Matador se las entienda
con un sobrero cárdeno imponente.
Un ¡aahh! de turbación ante el tamaño
del cornúpeto invade el graderío.
Su bravura se impone al desafío
y desarma a la audacia y al engaño.
Mas no en vano irritó a la concurrencia
aquel mago del arte y la apatía,
cuya calva precoz hizo que un día
no tuviese rival ni en apariencia.
Sin solo un lance dar, desde el estribo
donde su suerte sin opción colige,
incorpórase, brinda, se dirige
al toro que en la arena brama altivo.
Y en el mismo terreno que domina
el poder impetuoso de la fiera,
sin más espacio frente a la barrera
contra la cual la muerte se adivina.
Juntos los pies, inmóvil, estatutario
fundido con la fiera recelosa,
culminó en epopeya portentosa
inigualable, lapidario.
No cabe describir pases tan bellos
que de asombro inundaban la retina
como luz en tinieblas que fascina
como del sol deslumbran los destellos.
Temple, dominio, fantasía a salvo
de velada rutina o efectismo;
se diría que viéndose a sí mismo
el artista sin par se quedó calvo.
Sale el toro rugiendo de bravura
del engaño sutil de la muleta;
pero el genio del mago lo sujeta
y se pasa la res por la cintura
Con gracia airosa, majestad sultana
se echa a la espalda el aparejo mágico
para prender el sello de lo trágico
en escalofriante filigrana.
De rodillas, en bélico desplante,
la feroz embestida de la muerte
quiébrase en el embrujo de la suerte
como se quiebra el rayo en el diamante.
Y una lluvia de galas y primores
parece retrasar el diurno ocaso
cual si el sol se alejara paso a paso,
celoso de rivales resplandores.
Fiel a su impulso respondió el acero;
cae la fiera a las plantas del coloso;
el éxtasis estalla en clamoroso
frenesí que estremece el coso entero.
Y en avalancha unánime, grandiosa,
la masa antes hostil salta a la pista
se disputa al triunfal protagonista,
un jirón de su atuendo, cualquier cosa.
Ante el prodigio del furor que arde
convertido en delirio y arrebato
al poder, se resiste del relato
traducir la emoción de aquella tarde.
Mas de la vida en el rodar disperso
el suceso entrañó tal poesía
que en su solo recuerdo todavía su estilo
de fluir de la prosa brota el verso

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