diumenge, 2 de maig de 2021

CORRIDA DE LA PRENSA DE 1920: RAFAEL, BELMONTE…Y CHICUELO

 


El 18 de junio de 1920, un mes después de la muerte de Joselito, se celebró en Madrid la Corrida de la Prensa. La expectación fue enorme -se puso el cartel de ‘No hay billetes’- por la presencia de Rafael, de Belmonte, y por la confirmación de Manuel Jiménez ‘Chicuelo’, que se había mostrado muy remiso a presentarse como matador en la plaza madrileña. Completó el cartel Diego Mazquiarán ‘Fortuna’. Los toros lucieron las divisas del duque de Veragua (4), Albarrán (2), Antonio Pérez Tabernero y Pérez de la Concha.

La tarde se la llevó el confirmante, quien salió a hombros por la puerta grande, mientras que Belmonte cumplió y Rafael tuvo una tarde de indolencia. A continuación, se ofrece la crónica del festejo, firmada por Gregorio Corrochano, en el ABC.

 

 Pero ayer no tuvimos esta suerte, y soportamos—esta es la frase justa—una de las corridas más pesadas, más monótonas, más aburridas y menos alegres. La corrida no tuvo más que una fase, que no sé si decir que debe contentarnos de haber soportado la corrida, y esta fase se expresa con un nombre: Chicuelo. Esta corrida de la Prensa, tan aburrida y pesada, ha logrado traer a Chicuelo a Madrid; ha metido a Chicuelo en el público de Madrid y ha demostrado a Chicuelo, tan temeroso de este público, que su verdadero público está en Madrid. Madrid está necesitado de un torero artista, de un torero fino, de un torero que sepa dar relieve y gracia al toreo. Y hoy, esa expresión de belleza, sin la cual el toreo pasa de ser un arte a ser un oficio vulgar, es la que caracteriza y define el modo de hacer de Chicuelo. Por esto pusimos tanto empeño en que Chicuelo viniera a Madrid. Hemos dicho que este es el público de Chicuelo, y vamos a razonarlo. En el primer toro, en el toro de la alternativa, estuvo Chicuelo pesado. Otro público se hubiese impacientado; éste, no. Este esperó. Se dio cuenta exacta de que el toro, manso, acobardado, incierto, no tenia más lidia que aquélla; se dio cuenta exacta de que un muchacho, en momento tan crítico, tan solemne y tan difícil, no tuvo una duda, ni una vacilación, ni una intranquilidad, sino que, sereno, inteligente y dominando la situación, hizo una labor reposada, sin impaciencias y sin desesperaciones, que a nada conducen. Chicuelo estuvo como el público: también supo esperar.

Y ya en el último lugar, cuando la fatiga era como una enfermedad que nos había invadido a todos, salió un toro que medio embistió, que dejó apuntar al torero algo de lo que sabe hacer, y vimos unos lances de capa maravillosos, y vimos otra cosa que vale tanto como los lances, y fue ésta: como el toro hemos dicho que medio embestía, al meterle el capote en la cara más de una vez inició la arrancada y no la dio; este es un momento en el que el ridículo acecha al torero; nada más natural que hacer un movimiento, que, al no seguirle el toro, parece de huida. Pues bien; Chicuelo, con esa tranquilidad del que torea despreocupado y despacio, y , con el toro toreado, y del que no mueve el capote a tontas y a locas, con la misma suavidad que iniciaba el lance no seguido por el toro, se reponía, rectificaba y volvía a citar. Estos detalles parece que no dicen nada; pero son los que más dicen.

Y con este toro, que medio embestía, que era grande, que era gordo y que tenía buenos pitones, hizo Chicuelo una faena que entusiasmó, que retuvo en sus asientos a los espectadores, que llevaban cerca de tres horas de corrida mala, y que le valió el salir, en hombros, después que le pasearon por el ruedo. Con valentía, con decisión y con el arte del torero fácil, que no codillea, le toreó a este toro al natural y de pecho, sacándose el toro, que se le quedaba, y aprovechando una arrancada cualquiera—a veces con el toro torcido, dudoso y casi gazapeando—, para recoger, mandar en el toro y dar un pase formidable. Con la mano derecha dio un natural soberbio iniciado y rematado prodigiosamente. Y advertimos que el toro no estaba franco, que no era para confiarse y correrle la mano, y que más de una vez se puso en peligro: recordamos un pase de pecho en el que le tropezó el toro. Dio un pinchazo bueno; otro delantero—el toro hizo un extraño—; una estocada muy buena y descabelló. Toreando es muy artista, aun sin toros a propósito, y matando es fácil

Del resto, ¿qué hemos de decir? Que en esta fiesta el toro dispone, y ayer dispuso con su mansedumbre que nos aburriéramos. Bastaría con copiar la frase de un espectador que dijo, ya en el séptimo toro, con acento de súplica y angustia:

—Haced algo, que estamos locos ya.

Así era. De los toros del duque sólo embistió el negro; con los cabaIlos, aunque tardos, cumplieron; pero con los toreros, no. Los de Albarrán se dejaron topear, cumplieron mejor, y el que le tocó a Fortuna tenía mucho temple. Uno que se lidió de Antonio Pérez, substituyendo a otro de Albarrán inutilizado en los corrales, llevó fuego. Y un sobrero de Pérez de la Concha cumplió. Tan poco como todo esto dieron de sí los toros.

Los toreros, como no son gente que hace milagros, no estuvieron bien. Belmonte obligó mucho a su primer veragua, que llegó agotadísimo porque en varas fue tardo, pero recargó. Sacó partido de las querencias en unos pases de pecho con la derecha muy artísticos; logró apoderarse de! toro. Pinchó tres veces, la segunda muy bien, y descabelló. D¡o la vuelta al ruedo. A mí me gustó más en el toro de Tabernero, a pesar del bajonazo y a pesar de que no dio la vuelta al ruedo. El toro del duque no era peligroso, y este otro, sí, porque estaba el toro con todo el poder, que era mucho, y salió muy descompuesto del tercio de banderillas. Se metió Belmonte en la cara, le aguantó valiente, le dominó en pocos pases y en seguida entró a matar; resultó un bajonazo morque el toro hizo un extraño y Belmonte entró con precipitación, porque estaba en terreno peligroso, apoyado en las tablas, sin ofrecer casi salida.

Fortuna, que no sacó del primero todo el partido que se pudo sacar—porque el toro era soso y el torero tampoco estuvo muy salado—, después de una estocada atravesada, como viera Fortuna que se le quedó el toro, se echó encima la segunda vez que entró y dio una estocada hasta la mano, saliendo cogido. El toro, que estaba herido de muerte, rodó sin hacer daño al torero. Gran ovación a Fortuna. Veneno picó solo este toro, que se arrancó muy bien a los caballos; y ya que de picadores hablamos, apuntemos el puyazo de Catavino al segundo. En el otro. Fortuna estuvo pesado al muletear. Mató de estocada y descabello.

 El Gallo no toreó ayer. Esa decisión que esta temporada era su nota más saliente le acompañó en esta corrida. No sacó más que los trucos de las tardes que no quiere torear. Y decimos que no quiso torear, porque si en el primero no pudo, en el otro, sí y, sin embargo, no toreó. En el primero estuvo breve. Mató de media perpendicular, después de hacer unas cosas graciosas, que se rieron por unos y se aplaudieron por otros En el segundo no estuvo ni gracioso ni breve.

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