miércoles, 16 de junio de 2021

GERARDO DIEGO, RAFAEL Y LA LARGA CORDOBESA


El 6 de diciembre de 1966 la revista El Ruedo publicó un excelente artículo de Gerardo Diego titulado “La invención de la larga cordobesa”. Mostramos un extracto de este texto, el dedicado a Rafael y su interpretación de la mencionada suerte de capote.

 

Como es sabido, la larga cordobesa, cuya invención se atribuye, con mucha verosimilitud, a los califas del toreo cordobés, y cuya ejecución por Lagartijo el Grande yo conozco a través de dos relatos igualmente magistrales uno, escrito, de Azorín, y otro, hablado, ante toreros y poetas, por Ortega (don José), consiste en el lance a una mano, el capote cogido por una punta, resbalado al natural a la salida de un quite y rematado cuando el toro, bien toreado, da la vuelta, alejándose majestuoso el diestro sin volver la cara, con la capa arrastrando y colgada del hombro. La suerte es preciosa y de un garbo más romano que andaluz, según ya presentíamos y ahora vemos confirmado en la ópera.

En cuanto a mí, he visto ejecutar la larga cordobesa a un cordobés, Rafael González "Machaquito", amigo de Galdós. Y a un madrileño por accidente, sevillano de estirpe, Rafael Gómez "Gallito". "Acuérdate que te llamas Rafael", le canté recordándoselo. Y el sabor y grandeza que supo dar al lance fue muy superior al del otro Rafael, aunque fuera cordobés de verdad. Luego, ¿la he vuelto a ver en los ruedos? Alguna aproximación incompleta. Pero pura, cesárea, jamás como la del Gallo el 26 de junio de 1913 —otra tarde inolvidable —en mi plaza de Santander.

 

domingo, 13 de junio de 2021

JOSÉ Y JUAN FIGURAS PICTÓRICAS

 En el número de El Ruedo publicado el 25 de enero de 1966, apareció una amplia entrevista con Andrés Martínez de León, pintor e ilustrador taurino, famoso por algunos de sus cuadros, carteles y, sobre todo, por el personaje de Oselito, basado en la figura de Joselito,  que fue el primer personaje del cómic español que alcanzó una gran difusión.

En la entrevista, el artista sevillano expuso su teoría sobre la dimensión pictórica de José y de Juan, relacionada con su personalidad y con su vertiente taurina.

—A Belmonte lo he pintado mucho mejor. Siendo yo de tendencia humorística, no he tenido dificultad para captar la tragedia de Belmonte. Creo que el secreto está en la densidad. Juan se define en dos trazos. En la media verónica, por ejemplo, quedaba reflejado como hombre y como torero.

—¿Y José?

—José era más panorámico. Más difuso para poder captarlo. José era un espectáculo amplio, lleno de movimiento, de capacidad, de vida... Comprenderá que meter todo esto dentro de un cuadro... Es más fácil contarlo...

Comprendemos al artista. Juan —tal como nosotros lo vemos—es cuadro, momento sublimado que puede quedar inmóvil en la perfección suprema. José —como nos lo han contado— debía ser como una bella secuencia cinematográfica en color: tenía argumento variado en cada toro, proyección lineal y en relieve, desarrollo temático lleno de variedad. Juan queda plasmado en la verónica y el molinete, en la media y el natural; José es una teoría que no cupo en catálogos ni clasificaciones: un maestro.

                                                

miércoles, 9 de junio de 2021

ALFONSO NAVALÓN Y EL SOMBRERO DE RAFAEL

 En una espléndida crónica, publicada el 14 de diciembre de 1965 en la revista El Ruedo, el crítico Alfonso Navalón recuerda su encuentro con Rafael.

Y me acordé de Rafael... de un 8 de diciembre de 1955, en Sevilla, cuando iba la tuna a rondar nada menos que a una Princesa de España. Pero en la calle de Tetuán estaba la famosa calva de Rafael tras las cristaleras del viejo café. Y la tuna llegó tarde a cantarle a la princesa. Llegó tarde porque en la escalinata de mármol las notas toreras de Gallito tuvieron, en laúdes y guitarras, todo el cascabeleo de la picaresca del XVII. Y yo, que no conocía a El Gallo más que de verlo en las viejas revistas que guardaba mi padre, hablé de un torero hecho y misterio en mi imaginación de niño, con la emoción de tenerlo enfrente.

Rafael conmovido se levantó de su tertulia, dejó el puro y el cigarro y me abrazó. A Rafael debió sorprenderle mucho que un estudiante de Salamanca supiera cosas de hace treinta años. A Rafael, en esa triste decadencia física, en que los hombres ilustres (¿no fue El Gallo un ilustre torero?) se refugian en la gloria pasada y tal vez perdida, se le «rompió el alma», oyendo la semblanza de Joselito, El Sabio, y de Juan, el Trágico y de Rafael, la Eterna Paradoja del Toreo. Rafael (despilfarrador del arte y del dinero) dijo: ¡Si yo fuera rico le regalaría ahora mismo un cortijo... pero quédese usted con este sombrero que llevo puesto...! Y me dio el ancho, color avellana, entre sevillano y cordobés, verdadera reliquia en estos tiempos, donde apenas se ven sombreros antiguos, sustituidos ya por la comodidad del ala y la copa recortada, al estilo que trajo Álvaro Domecq...

«Los toros buenos —me decía una de las cuatro noches que hablamos sin tasa— son como las buenas mujeres. ¡Hay que mimarlos! Y los malos, como las malas hembras, ¡a guantás!... ¡Pero qué crimen maltratar a un toro bueno!...»



domingo, 6 de junio de 2021

JOSÉ, JUAN Y LAS CORRIDAS DURAS

 Guillermo Sureda, en los escritos publicados en El Ruedo en el mes de diciembre de 1965, relata la siguiente anécdota, poco conocida, en torno a las relaciones entre José y Juan. En este caso, el tema tratado es el tipo de ganadería que debían torear. El autor indica que la fuente de esta historia es el tío de Victoriano Valencia.

Cuando Juan Belmonte empezó a torear, ya como matador, todos ustedes saben que no «podía» con los toros y que estaba a merced de ellos de un modo angustioso.

Gallito, con aquel celo torero que le caracterizaba, dio orden a don Manuel Pineda para que comprara las corridas de toros más duras que había por aquel entonces, es decir, Miura, Pablo Romero, etc. Esa era la manera de acabar con Belmonte, con aquel, chico jorobeta que no podía con los toros de sangre endurecida y encastada.

Pero Juan se enteró de los proyectos de José y una tarde fue a ver al señor Pineda y le dijo: «Me he enterado del encargo que le ha hecho a usted José. Está en lo cierto. Yo con esas corridas no voy a poder. Pero dígale usted que piense bien esto: si en vez de corridas duras compra corridas cómodas, él y yo nos llevaremos todo el dinero de España. Dígale usted esto». Y Pineda se lo dijo a Gallito, y José sentenció: «¿Sabe usted que ese Belmonte tiene razón? Haga lo que le dijo».

 La anécdota es poco conocida, pero me viene de buena fuente: me la contó Victoriano Valencia, al que se la había contado su tío.



miércoles, 2 de junio de 2021

JOSÉ, EL TORERO; JUAN, EL DANDY

 En la revista El Ruedo del 7 de diciembre de 1965, Guillermo Sureda inició una serie de escritos dedicados a glosar la figura de Juan Belmonte y su contribución a la historia de la tauromaquia. Desde una óptica totalmente belmontista, en el primero de sus textos aparece esta curiosa y personal contraposición entre la figura de Juan y la de José.

Para darnos cuenta de lo opuestos que fueron José y Juan —José, ejemplo de torero tradicional y escolástico; Juan, ejemplo de torero genial y sin precedentes— hagamos unos breves esquemas sobre la actitud social de ambos. Juan Belmonte se cortó la coleta porque tuvo la inteligencia de ver que sin ella también era posible ser un inmenso torero en el ruedo y que el torero no tiene por qué serlo en la calle; José se la dejó porque la coleta era parte de su manera de ser, porque era «tradición» llevarla y porque sentía la necesidad de ser torero en la calle. Gallito hablaba con condes, marqueses y ganaderos; Belmonte platicaba con intelectuales y artistas. A Joselito le gustaba terriblemente el campo, el acoso de reses y la dehesa; a Belmonte le interesaba mucho más la charla de Valle Inclán, de Pérez de Ayala o de Sebastián Miranda. José vestía traje corto; Juan lo hacía con paños de Manchester, se confeccionaba trajes a la última moda, para los que tuvo siempre buen gusto innato, y usaba sombrero flexible. Gallito entraba en un café y la gente decía: «Ahí va un torero». Pero entraba Juan y el público comentaba: «Ahí va Belmonte». En suma, José y Juan fueron dos «hombres» distintos. Pero quien socialmente llevó el gato al agua, quien liberó a los toreros de los trajes cortos, de las coletas, de los aguardientes mañaneros, de su «uniforme» profesional, fue Juan Belmonte. Y esa fue su primera gran revolución.



domingo, 30 de mayo de 2021

LA SOLEDAD DE JOSELITO EN GELVES

 En 1964 se descubrió el monumento a Joselito en Gelves. Don Antonio escribió para El Ruedo (número del 5 de mayo del citado año) un reportaje sobre el acontecimiento. El texto está teñido de amargura por la escasa presencia de los taurinos del momento. Así, el periodista consigna la presencia de Pepe Luis Vázquez, Ángel Peralta, Sebastián Miranda, el duque de Pinohermoso, Alonso Moreno, la duquesa de Alba y José María de Cossío, como figuras más señeras del mundo taurino.

La evocación comienza en la finca «La Huerta», donde Joselito «El Gallo» recibió sus primeras lecciones de toreo. ¿Lecciones? En realidad. Gallito nació cuando ya llevaba dentro del alma toda la ciencia del toreo. Niño sevillano extraordinario en las cuadrillas juveniles. Torero largo, dominador, poderoso, maestro en todas las suertes. Representante último del imperio fabuloso que conquistó Pedro Romero para los chulos de a pie antes de la reforma de Juan. Que también esta reforma contribuyó a hacer su fama más clarinera, hasta que llegó a su cénit de crespones y llantos en la muerte —la más bella muerte para el romanticismo del toreo—, cumplida en primavera y en Castilla.

Desde entonces, un monumento funerario bellísimo y una larga etapa de olvido. Voces que claman en desierto: un desierto de cuarenta y cuatro años que separan la inauguración de Gelves de aquel triste mayo de Talavera.

Por ese desierto sólo se aventuran este domingo de sol de agosto andaluz unos pocos leales. Los aristócratas amigos de los toreros, los escritores que forjaron gran parte de su leyenda, el pueblo, de donde los ídolos nacen y que los recoge con amor cuando caen destrozados.

Ausentes los toreros triunfadores, los ganaderos de tronío, las poderosas Empresas, los apoderados omnipotentes. En Gelves no había corrida que vender, ni dinero que ganar y todas las palmas iban a ser para Joselito. ¿Qué iban a hacer ellos allí, y con lo que caía del cielo?

Quede el dato para la historia de las lealtades taurinas y de las ingratitudes humanas. Cuando nos repitan con aire campanudo: «Porque Joselito "El Gallo" fue el mejor, el primero..., y los aficionados debemos enaltecer su memoria...», el cronista pensará con el melancólico personaje del drama shakespeariano: «Palabras, palabras, palabras...».



miércoles, 26 de mayo de 2021

RAFAEL OPINA SOBRE LUIS MIGUEL DOMINGUÍN

 


Uno de los primeros grandes reportajes de Alfonso Navalón en El Ruedo se publicó en el número del 20 de febrero de 1964.

En él, el que habría de ser famoso y controvertido crítico, visitaba la ganadería de José de la Cova siguiendo el rastro biográfico del diestro Luis Segura.

En conversación con el ganadero, este le confesó que las dos referencias de la casa habían sido siempre el conde de la Corte y Rafael ‘El Gallo’.

Sobre Rafael, le contó la siguiente anécdota en torno a Luis Miguel Dominguín:

 

- Un día mi mujer le preguntó qué pensaba de Luis Miguel Dominguín:

—«Mu güeno.»

-Bueno, Rafael, no te escapes. Dinos de verdad lo que piensas.

-¡Pues mira, Julia, ése es un banderillero largo...!