domingo, 15 de enero de 2023

LAS BODAS DE ORO DE RAFAEL EL GALLO (I): EL FESTIVAL

El número 433 de la revista 'El Ruedo', de 9 de octubre de 1.952, daba cumplida cuenta del doble homenaje que recibió Rafael El Gallo en su Sevilla a propósito de cumplirse cincuenta años de su alternativa. Las palabras siguientes fueron firmadas por C. Fernández y rememoran cuanto ocurrió en La Maestranza: 

Las bodas de oro del matador Rafael El Gallo, se han celebrado por partida doble. Es decir, fuera y dentro del ruedo. Vamos en esta crónica breve a referimos a la conmemoración en este último aspecto, dentro, pues, del recinto entrañable de la Plaza de la Real Maestranza de Sevilla.

El primer acto, el que abrió las bodas, tuvo lugar el día 28 con motivo de la primera corrida de la Feria de San Miguel. Acababan de desfilar las cuadrillas en el reglamentario 'paseíllo' entre las palmas frías del cumplido. Unos cuantos señores, algo endomingados, irrumpieron en el ruedo, allá por el tendido 1. Poco a poco fuimos reconociéndolos: Don Juan Belmonte (torero); don Remigio Ruiz (revistero); don Enrique Pérez de la Concha (ganadero); don Manuel Soto (impresor)... y Rafael 'El Gallo'. Toda la plaza recordó en el acto: "Hoy hace cincuenta años de la alternativa del 'maestro'". Y con las palmas cálidas, fervorosas, corrió la evocación: Emilio Torres 'El Bomba', de padrino; Ricardo Torres 'Bombita' de testigo. Dos toreros de entonces. Y, en medio, 'Gallito', entonces aún 'Gallito', pequeño, airoso, rodeado de una afición apasionada. La afición de entonces. 

El acto fue breve y de buen tono. Unos cuantos abrazos. Unas cuantas fotos. Unos cuantos  regalos: el reloj de oro de tres tapas —así le gustan al maestro—, la cartera de Ubrique. el mechero inglés, la caja de habanos... Y Rafael, vestido de negro. que saluda con su sombrero ancho al fervor siempre vivo de los sevillanos.

El segundo acto taurino tuvo lugar el martes, y consistió en un formidable festival a beneficio del mayor de los «Gallos». Se trataba de Rafael, y este solo nombre bastó para que se dieran cita en el cartel toreros de rango y ganaderías de fuste. Los primeros fueron los siguientes, por orden de actuación. entre montados y de a pie: duque de Pinohermoso, Manuel Jiménez, «Chicuelo»; Domingo Ortega, Peralta. Rafael Ortega. «Gallito»; Manuel dos Santos, Joaquín Pareja Obregón, Juan Silveti, César Girón y Curro Galisteo. Las ganaderías coadyuvaron así: duque de Pinohermoso, Escobar, Guadalest, Osborne, E. González, Cobaleda, Concha y Sierra, G. Pérez Tabernero y Montalvo.

El «paseíllo» fue brillantísimo. Abrían paso los tres rejoneadores con sus caballos en apoteosis de postín y arrogancia. Seguían, con sombrero cordobés, los siete espadas. Cerrando marcha, la masa de los subalternos, con «gorrillas». La Plaza, con un lleno hasta la bandera, fue un solo y ensordecedor aplauso. En la presidencia, un trío de «viejos figuras»: «Machaquito», que llegó de Córdoba solo para presidir; Juan Belmonte y el homenajeado. Media historia del toreo.

Con este marco era difícil que no resultase el cuadro. Y resultó ciertamente. El duque de Pinohermoso rejoneó a la perfección y lució su buen estilo de caballista pundonoroso, tanto en su toro, que lidió muy bien, como en el de Pareja Obregón, al que, por invitación del sevillano, clavó dos pares de banderillas. Ortega dio una lección tan completa y primorosa con un bicho que se colaba por todas partes, que cuando, por la noche —en el banquete—, Corrochano hizo la defensa del toreo pretérito, no encontró mejor argumento que decir que lo «mejor de la tarde lo había hecho un torero que peinaba canas». «Chicuelo» lanceó soberbiamente a la verónica y trasteó con justeza a su enemigo, que liquidó prestar mente. Peralta superó sus «insuperables» actuaciones anteriores, ofreciéndonos la admirable modalidad de las banderillas a dos manos con las riendas sueltas. Rafael Ortega fue verdaderamente «Gallito» y ofreció los primores de la dinastía honrando a su tío con la reproducción de la famosa suerte de la silla. Dos Santos practicó con denuedo y valor su toreo de emoción característico, que tanto gusta al público sevillano. Joaquín Pareja-Obregón triunfó en toda la línea, tanto al poner las banderillas, que en difícil competencia le ofreció Peralta— banderillas de diez centímetros— como en la lidia de su toro, en la que acertó, tanto en los arpones como en los rejones, consiguiendo la muerte. Juan Silveti estuvo valeroso y nos dejó una buena muestra del arte de matar toros bravos. César Girón levantó a la Plaza en los tres tercios, con la capa, con los palos y con la muleta. Y Galisteo cumplió sobradamente entre tanta «figura» y «prestigio» de ayer y de hoy. De siempre, mejor dicho.

Resultado: un gran éxito artístico y un gran éxito económico. Se vendió el papel en su totalidad, y aún hubo simpatía y afecto para sacar a Rafael a hombros, como en los días lejanos de sus buenos y grandes triunfos.

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